Besos de estrellita
En San Valentín le regalé una cianotipia y sus galletas favoritas. Una semana más tarde, en el cine —y nuestra primera cita—, un girasol. Girasol porque ella es radiante, bella, bonita, maravillosa, mágica, como un girasol.
Me moría de nervios, me derretía al verla.
Ya estando en la función, me preguntó si podía tomar mi mano, entrelazar nuestros dedos. Y yo, con el corazón saltando, acepté. Sentí su palma, cálida y suave. Y con mi corazón, saltando aún, pregunté si podía darle un beso. Aceptó.
La besé. Me besó. Nos besamos.
Y en cada beso le dije lo mucho que la quiero.
Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero.
Le dije “te quiero” tanto como pude, por cada estrella infinita del cielo.
—Te quiero, mi estrellita bonita.
—Yo también, mi baki bonita.
La primera vez que me tomó, la sala se tiñó de café y dorado. Ella vestía una camisa blanca sin mangas y de superhéroes, muy propia de ella. Yo, una camisa negra, ancha y con estampado gris, muy propia de mí.
Ella se acababa de cortar el cabello, y su fleco —ondulado por el calor— apenas caía sobre sus ojos cafés, de estrellas.
Mi estrellita. Besos de estrellita. Besos de mi estrellita.
Su mano ocupó todo mi abdomen.
Mi mano, toda su espalda.
Y nuestros labios, toda nuestra boca.
Lo recuerdo bien.
La primera vez que visitamos su cuarto, sus paredes blancas se pintaron de azul. Eran las cuatro de la tarde, y el Sol traspasaba con su luz sus cortinas turquesas.
Tenía vergüenza. Vergüenza de mis codos, rodillas y pies llenos de dermatitis. Vergüenza de mi piel y cuerpo agrietado, lastimado, arañado.
Pero ella me abrazó, me besó. Posó sus dedos en mis hombros, después en mis codos, después en mis rodillas. Parecía una lluvia de estrellas que ansiaba ver cada noche cuando mi sueño infantil era ser astrónoma.
Estrellas de nuevo.
Mi estrellita me dio besitos.
Besos de estrellita.
Ella me amó y acarició mis brazos y codos heridos, con dermatitis, llagas y heridas, costras y gotitas de sangre que mancharon las sábanas blancas de su cama.
Besó cada pliegue de mi cuerpo, como calientes rayos de Sol y suaves pétalos de lirios, violetas y Girasoles. Girasoles con G mayúscula, porque ella es mi Girasol, mi Gran amor.
Ella desapareció todo rastro de vergüenza que tenía sobre mi piel.
Y con ella, me derretí.
Nos disolvimos ante sus pósters de superhéroes, propios de ella; y ante mi mochila negra con llaveros rositas de crochet, propios de mí.
Su cabello, corto, crecido y liso —porque con el frío se le alisa—, caía sobre sus ojos y largas pestañas cafés. Y sus manos ahora estaban sobre la cama y mis piernas. Y mis manos, sujetándose nuevamente a su espalda y a las varillas de madera de su cama.
Y me besaba, la besaba, nos besábamos.
Más besitos… Más besitos de estrellita:
en sus labios,
en la punta de su nariz,
en su frente,
en la punta de sus hombros,
en sus mejillas,
en sus pecas,
en sus lunares,
en mi lunar cerca de la boca,
en mis ojos,
en mis mejillas,
en la punta de mis hombros,
en mi frente,
en la punta de mi nariz,
en mis labios.
Nos reímos mucho.
Porque había maripositas.
Porque el cabello se interponía entre nosotras.
Porque había cosquillitas.
Porque hacíamos chistes absurdos.
Porque éramos felices.
Porque el sabor del café con leche y miel al amanecer era exquisito —como su amor y todo de ella—.
Besos de estrellita,
porque eres mi estrellita.
Mi Girasol, mi Gran amor.