Cera roja
Apenas puso un pie afuera supo que le faltaba algo. El celular en el bolsillo, las llaves en la mano, las gafas puestas, los aretes le tintineaban cada que agachaba la cabeza para revisar el bolso otra vez. Algo no estaba. Devolvió el pie y cerró la puerta.
De pronto había dejado prendida la vela, esa de cera roja que había comprado para atraer un amor apasionado, la que dejaba en el baño para no ir a incendiar nada. Allá, en la ducha, la encontró apagada, con un hilo muy fino de humo desprendiéndose en espirales. Era otra cosa. El gas, de pronto, como pasaba en las películas, que dejaban los fogones abiertos y, a la mínima chispa, todo explotaba. Quién sabe, hasta podría convertirse en asesina involuntaria de los vecinos, o por lo menos darle muerte dulce al canario, ese que le regaló su tía para que no estuviera sola en la casa. ¿Pero qué hacía con un canario, si no podía jugar con él, lanzarle una pelota, enseñarle trucos, acariciarlo o enamorarse de él así de lejos como hacía la gente con gatos?
No importaba, porque el gas no era. El canario iba a vivir otro tiempo más. Tenía que ser algo distinto. Una ventana abierta, a lo mejor, que cuando lloviera fuera por donde se metiera toda el agua y luego le tocara llegar a trapear. La de la cocina, cerrada; la de la sala, cerrada; la del cuarto, cerrada; la del baño no podía ser porque desde que se había dañado la bisagra no abría. Agarró el bolso y tiró todo su contenido en el sofá. Labial sí, papel higiénico sí, un depilador, la sombrilla, la billetera, un esfero, la libreta que parecía más cara de lo que era, un tampón por si acaso, el cargador del celular; todo estaba. Suspiró. Volvió a meterlo todo y, contra su instinto, se convenció de que no se le olvidaba nada. Aunque revisó haber cerrado bien la puerta tres veces, por si acaso.
En el bus se dio cuenta.
Ahí, embutida a las malas entre un montón de cuerpos tan incómodos como el suyo, notó por primera vez la ausencia. Se lo gritaban los talones cansados de sostenerla, los senos apretados contra el bolso, las nalgas empujando una sombrilla, el vientre mareado y las axilas atosigadas de desodorante con olor a coco. Le decían que, quizá, lo que se le había olvidado era cómo sentir placer.
Su cuerpo estaba familiarizado con el tumulto, la curva que hacía su columna para acomodarse en el cojín de la sala, el ardor en los ojos y el rebotar impaciente de su pierna izquierda. Lo había acostumbrado a eso. No le daba nada más. No recibía otra cosa.
El bus frenó y una marea de personas se desplazó hacia ella, dejándola sin aire y empujándola a la vez para asfixiar a los demás. Ahora eso era lo único que le quitaba el aliento, no un beso profundo, no una lengua recorriéndola, no una mano rodeando sus senos.
Era un pensamiento intrusivo, claro. Nada por lo que tuviera que preocuparse.
O quizá sí.
Después, en la oficina, recordó. Abrió Excel y comenzó, tan metódicamente como su Sol en Virgo lo exigía, un inventario: veinte brazos. Treinta bocas. Cinco orgasmos memorables. Tres olvidos. Una cabellera lisa deslizándose por su abdomen. Sus dedos acariciando una mejilla. Dos manos aferradas a sus nalgas casi como si fueran una pelota antiestrés. Un pequeño permiso voyeurista. Quince o diecisiete quemaduras con cera en el pubis. Una mancha. Dos pezones tan perfectos que lograron confundirle el deseo con la envidia. Un aro de metal golpeándole los dientes.
Y ahora, nada.
Creyó, en un principio, que sus recuerdos organizados en filas y columnas eran eso: una huelga silenciosa de su cuerpo. Un llamado profundo que le decía que ya era hora, que había nacido con carne tan sólo para ser tocada, que podía replantearse la distancia, el valor de la soledad elegida.
Lo pensó, pero no lo sintió. Como era usual. Casi siempre se le daba mejor pensar que sentir. Era más fácil. Le afectaba menos. Así no se sentía sola, sólo pensaba estarlo. Los pensamientos no son confiables, son una cosa extraña que se instala en el cerebro, fragmentos de universo condensados en señales eléctricas, subjetivos, cuestionables. Los sentimientos, en cambio, tienen un dejo de espiritualidad que en ciertos asuntos es mejor asumir con firmeza.
Entonces se le ocurrió que lo que no encontraba en su bolso, su casa o su cuerpo era algo mucho más grande que el placer. Era un verbo que lo contenía: desear.
Yo deseo.
Tú deseas.
Ella desea.
Nosotras deseamos.
O mejor, ella deseó.
¿Alguien todavía deseaba? Seguro que sí. Pensó que era la única que había olvidado cómo hacerlo.
Era una batalla ganada a las malas, esa que había tenido con el deseo. En algún momento descubrió que desear dolía, que anhelar el encuentro con alguien más le hacía entrar en contacto con una serie de conflictos internos que prefería no resolver, por pura pereza. Por eso se lo había propuesto: no volver a desear nunca, dejar de ser cuerpo tanto como fuera posible.
Y había descubierto que era posible y que dolía tanto o más que desear.
Fiel a su propósito, dejó de sentir la frustración que crecía y se concentró en sus tareas. Al fondo, como si se tratara de música ambiental, la acompañaba el recuerdo de ese día de su adolescencia, cuando un cura le había preguntado más de una vez si quería ser monja, y ella, que ni siquiera había dado su primer beso, respondió que no con decisión.
Ahora casi extrañaba esa versión suya que no le temía al deseo.
Claro que era distinto querer dar un primer beso entonces, con tanto tiempo para soñar con labios suaves y manos acariciándole las mejillas. En cambio, ya adulta, ni siquiera le quedaba tiempo para eso. ¿A qué horas? Entre la tristeza, el trabajo, el cansancio, el tiempo scrolleando y esas ganas de dormir tanto, era muy poquito el tiempo libre para desear.
A veces, cuando todavía deseaba, se encontraba de pronto viendo una película e imaginando que era la protagonista, que algo grande y emocionante le sucedía, le aceleraba el corazón, le recorría la espalda, se le instalaba bajo el vientre y la convertía de pronto en alguien capaz de desear. Pero luego pensaba y recordaba que no. Que esa no era ella. Que a ella nunca le pasaba nada.
Pidió un taxi para volver a su casa, incapaz de afrontar la ansiedad de encontrarse de nuevo en el tumulto, y pensó que quizá no debió haber apagado la vela roja. No tenía sentido invocar un amor apasionado y luego temer un incendio. Además, ahora recordaba, la había soplado. Nunca se debe soplar una vela intencionada. Así de fácil podía estar yéndose su única posibilidad de desear.
Ante esta idea, titubeó.
Reconoció algo nuevo que le bailaba en el diafragma, que la hacía respirar superficialmente, le sacaba el oxígeno y la zambullía en un estado nervioso. Lo buscó en sus pulmones, en el corazón, en la garganta, y fue a encontrarlo en el apéndice.
Qué suerte que no se lo habían extirpado todavía, porque ahí estaba su contradicción más profunda: el deseo de desear.
El trayecto en el taxi, atravesando trancones y ruido cotidiano con una emisora de salsa romántica mal sintonizada de fondo, se le hizo eterno. Sabía que tenía que hacer algo para encontrar los restos de su deseo, para dejar de tener miedo de desear.
Abrir la puerta, condenar al canario a la libertad, encender la vela roja en la mitad de la sala bajo la mesa de madera del comedor, desnudarse por completo con las cortinas cerradas, arrancar la bisagra de la ventana del baño que ya no servía, apagar el celular, abrir los fogones de la estufa, inhalar profundo, besarse los brazos, las manos, acariciarse los tobillos y las pantorrillas, humedecerse, trenzarse el cabello, susurrar en voz alta cada uno de los datos que había consignado en su Excel, permitir el escape de las lágrimas, ponerse de rodillas frente a su cama con el dedo índice acariciando el clítoris, recitar una y otra vez la oración exacta que la deidad del deseo le pronunciaba al oído:
En el principio todo era oscuridad, y en la oscuridad nació el deseo que la llevó a anhelar encontrarse con alguien semejante y la obligó a buscar dentro de sí la materia necesaria para crear la luz y un mundo capaz de abarcar su persecución amorosa. Desde entonces, la oscuridad y la luz se persiguen mutuamente, incapaces de darse cuenta de que esa misma carrera es la que las aleja de la otra, de que si se detienen serán rodeadas por los brazos de su amante y podrán ser una de nuevo. La oscuridad y la luz no quieren dejar de buscarse, no quieren saber que son una sola, porque entonces ya no tendrían qué desear.