De Ícaro a Estrella, trans/ito identitario

De Ícaro a Estrella, trans/ito identitario

¿Cómo se construye una identidad desde los márgenes? ¿Cómo es que la poesía puede transformar el dolor en un acto de resistencia?, me pregunto mientras dejo que el oleaje de Dorsal me lleve hacia las profundidades de una historia donde el cuerpo es el mapa; y el lenguaje, la brújula. Este poemario narrativo de la autora mixteca Nadia López García, publicado en 2022, invita al lector a ser testigo de la vida de Estrella —antes Ícaro— y su hermano Vicente, por medio de un recorrido donde se entrelazan memoria, duelo y metáfora.

Resulta oportuno abordar esta obra poética desde el marco de las corporalidades disidentes, pues es desde este lugar que el cuerpo puede leerse como un territorio político, un campo de batalla donde se negocian los significados de identidad, deseo y poder no sólo como un mero contenedor biológico. Cada gesto, espacio y nombre se vuelve acto performativo, una forma de habitar el mundo. Así, el cuerpo —su ser y su mandato— se transfigura en lenguaje, resistencia y visibilidad. En Dorsal, el cuerpo de Estrella no sólo habita el espacio, también lo interroga, y por medio de estos cuestionamientos termina transformándolo; se convierte en un escenario a medida donde las normas sociales se ponen a prueba y donde surge la posibilidad de reescribir(se). La voz se presenta como un yo poético protagónico encarnado en una mujer trans:

Alguna vez aquí, en mi cuerpo

hubo un agua temprana,

verdes y amarillos flotando

en la espesura de las respiraciones

de ese hombre que olvidó mi voz

y me llamó: Estrella.

Esta configuración no es menor ni inocente; coloca al sujeto lírico en un lugar históricamente silenciado y lo anuncia desde la disidencia. El gesto inaugural, como se aprecia, descansa en el nombre: De Ícaro —figura mítica que cae por volar demasiado alto— se convierte en Estrella, es decir, un cuerpo (celeste) que brilla con luz propia en la oscuridad. Este tránsito no sólo desmarca a la protagonista de un destino trágico, también plantea una reapropiación del signo: la caída se sustituye por luz; la pérdida se transforma en posibilidad de existencia. El poema lo formula de la siguiente manera:

Si el nombre es la primera máscara que usamos

por qué no podemos escogerla nosotras mismas

Cuántas veces podemos ser alguien más

Esta estrofa enfatiza la idea de que nombrarse es un acto de soberanía sobre el propio cuerpo y su inscripción social. Se nombra para que algo o alguien exista y también para que perdure en el tiempo. Así, la elección del nombre rompe con la pasividad del designio ajeno y se convierte en un gesto activo de autodefinición que desplaza las marcas de la norma. Judith Butler lo propone de otro modo cuando formula que la identidad de género no es una esencia fija, sino una práctica reiterada en constante fricción con lo social. En Dorsal, Estrella ordena lo que ha ocurrido y lo dice en voz alta; por medio de la enunciación encuentra la forma de encarnar y versar su diferencia, con lo cual expone las grietas del orden binario y, de esa forma, la herida se transforma en palabra.

Entre las imágenes que recorren el poemario, una de las más significativas es la autopercepción de monstruo que Estrella asume para sí a partir de lo enunciado por otros. El término, lejos de funcionar como un simple insulto, abre un campo simbólico que se amplifica cuando aparece en primer plano la figura del caballito de mar, criatura que, por su etimología y su condición liminal, también ha sido llamada monstruo. El hipocampo, pese a su aparente fragilidad, encarna una forma de otredad que la mirada social suele degradar a rareza o anormalidad. Sin embargo, cuando Estrella se nombra monstruo y se compara con el caballito de mar que sostiene entre sus manos, da cuenta de la violencia que implica el rechazo y muestra la herida de ser percibida como un ser que, sin importar nada, estará siempre fuera de lugar. El monstruo marino, frágil y extraño, se vuelve espejo de Estrella y, gracias a la operación poética, lo monstruoso deja de entenderse como deformidad para leerse como una categoría de resistencia; demuestra que aquello que la norma no logra asimilar termina por ser marginado.

Donna Haraway, caballito de batalla de las corporalidades y las disidencias, nos recuerda que: la palabra “monstruo” es el término que se utiliza para aquello o aquellos que deben mantenerse al margen para asegurar la normalidad y, al mismo tiempo, es un mapa de lo posible, pues revela figuras que permiten imaginar otros mundos. De tal suerte que la monstruosidad en Dorsal, lejos de clausurar, apertura. El caballito de mar, como metáfora, condensa tanto la fragilidad como la fuerza de Estrella: fragilidad frente a la violencia del entorno y fuerza en la persistencia de existir y nombrarse. La propuesta de López García, entonces, otorga agencia al sujeto trans y con ella, le da la posibilidad de sobrevivir y afirmarse aun desde los bordes. Este gesto se logra gracias a la reapropiación que hace la protagonista del signo estigmatizante al transformarlo en potencia. Esta operación reivindicativa resuena en otros yo poéticos; tal es el caso de Gerión —el niño monstruo de Anne Carson—, quien también encarna la experiencia de ser leído como anómalo y convierte dicha condición en lenguaje poético en su Autobiografía de rojo. En una línea más cercana a la que propone Nadia López, me parece pertinente referir Límulo de Ángel Vargas, en un poema brevísimo titulado “Jaulas”, el hablante describe su infancia en un pueblo que lo confina por no ajustarse a las expectativas:

Mi pueblo es una cárcel para el niño que no juega fútbol ni tiene novia… La jaula era yo mismo y tenía que romperme.

Dice la voz que reconoce el peso de la mirada ajena y al mismo tiempo busca abrir un espacio propio, tal como lo hace Estrella.

Dorsal —breve en su extensión, pero amplio en contenidos— se organiza a partir de dualidades y contrastes: Si el cuerpo de Estrella se construye como un acto poético de resistencia, el de Vicente aparece desde el inicio marcado por el peso del destino y la norma. Frente a la delicadeza interna y externa de su hermana, Vicente es presentado como un “caballo terrestre, fuerte y salvaje”. Representa la encarnación misma de una masculinidad esperada, ruda y arraigada a la tierra, en oposición absoluta al fulgor indómito y transgresor de Estrella. Este contraste físico no es casual. Subraya la diferencia existencial de los hermanos y los roles de género que el mundo, especialmente su contexto familiar y social, había dictado para ellos. A Vicente le corresponde la fuerza, la tierra, lo tangible. A Ícaro se le preveía la misma suerte (o al menos una similar), pero al convertirse en Estrella, no le queda sino el destierro in situ, es decir, se vuelve una extranjera de su propia casa, de su comunidad.

La muerte de Vicente, cuyo cuerpo es hallado sin órganos y dentro del agua, rompe con brutalidad esta dicotomía. No es la “caída” del transgresor, sino la del héroe tradicional —hablando en términos muy clásicos en cuanto a arquetipos—. Ese desenlace, producido por la violencia del tráfico de órganos, pero interpretado por la familia y la sociedad como una especie de castigo proyectado sobre Estrella, constituye el motor de la crítica social más ácida del poemario: el derrumbe de la figura masculina revela que la norma no garantiza protección ni continuidad; por el contrario, expone su propia fragilidad.

Por medio de esta idea es posible apreciar el diálogo implícito que sostiene Dorsal con Paul B. Preciado, quien advierte que las masculinidades normativas sólo aparentan solidez, pues dependen de una ficción que las hace posibles, cuando en realidad son construcciones frágiles propensas a desmoronarse. La muerte de Vicente desnuda esa precariedad y desplaza la carga de la tragedia hacia el terreno de lo normativo, demostrando que no es la diferencia la que conduce al desastre, sino la violencia de un sistema que impone jerarquías de género insostenibles.

Ante lo ocurrido, la voz p[r]o[f]ética de Estrella plantea dos hipótesis sobre la muerte de su hermano:

Los policías dijeron que quizá un animal te atacó;

mamá dice que te mataron por mi culpa,

por el marica de tu hermano.

Con este pasaje, se advierte la versión oficial, cerrada y contundente —un accidente con un animal—, y la versión paralela, que remite a un asesinato por odio donde la identidad trans de Estrella se perfila como motivo indirecto. La verdad fáctica permanece en la ambigüedad; la verdad simbólica, en cambio, resulta ineludible: la transfobia no se limita a la agresión directa contra el cuerpo trans, sino que funciona como un ecosistema de odio, un entramado que contamina todo lo que rodea a la persona. El acoso, el rechazo familiar, la violencia social; todo ese clima envenenado es el verdadero asesino. Vicente se convierte en víctima colateral del odio hacia su hermana; su cuerpo fuerte de “caballo terrestre” no es vencido por una bestia, sino por la furia del prejuicio y el odio.

Es aquí donde la imagen elíptica del caballito de mar se carga de significado y fuerza: lo que Estrella sostiene entre las manos —a lo largo de todo el poema— no sólo es la ausencia de su hermano, sino la materialización del duelo en un pequeño cuerpo marino, frágil y monstruoso a la vez. Ese caballito de mar muerto —encontrado en el mismo sitio que Vicente— condensa la tensión entre lo normativo y lo disidente: frente al colapso de la masculinidad esperada —el “caballo terrestre”—, emerge la figura de un monstruo marino que, pese a su vulnerabilidad, sostiene la narración entera, evoca tiempos, lugares, nombres, voces, y ausencias.

Para ganar algo hay que perder algo

Repite insistente Estrella.

Me pregunto qué ganamos nosotros que perdimos a Vicente. Que habré ganado que perdí a Paola, a Itzel, a mujeres como yo, que murieron por la palabra odio.

La revelación del poema es que la transfobia no sólo destruye a quienes disienten, también devora a quienes, en apariencia, encarnan lo esperado. La muerte de Vicente es lo que desata la elegía desgarrada y lúcida de Estrella.

Si estuvieras aquí, no tendría que escribirte

si estuvieras aquí el dolor no sería.

El poema se convierte en el espacio donde ella cuestiona todas las normas; no es lamento, sino el vehículo que permite la transformación del dolor en crítica y afirmación. En el paso de lo abyecto a lo poético, Nadia, a través de Dorsal y Estrella, delinea lo que Gloria Anzaldúa describe como la experiencia de la frontera: un lugar incómodo, atravesado por el dolor y la violencia, pero también fértil para imaginar lo que no existe aún. Habitar la frontera en Dorsal significa ser a la vez herida y grieta, desgarro y umbral, inicio y fin. Ahí donde Estrella comienza, termina Ícaro. Basta que ella decida comenzar a andar el camino. Y lo hace. Estrella asume su monstruosidad y convierte la exclusión en una grieta por donde irrumpe lo posible, contra todo pronóstico.

Frente a un mundo que insiste en que su existencia es un error condenado a la muerte, ella responde con un poema que desnuda la podredumbre del orden social y abre la imaginación hacia otras formas de vida. O, como diría Rosario Castellanos, hacia otro modo de ser humano y libre, otro modo de ser. En ese gesto, la voz poética no sólo reclama un espacio; funda, desde el margen, un horizonte distinto. La frontera que intenta excluirla, negarla o borrarla se vuelve un lugar de enunciación y, por lo tanto, de posibilidad.

*

El viaje por Dorsal se sostiene en dos movimientos que corren en paralelo y, al mismo tiempo, se entrelazan. Por un lado, el trayecto de construcción identitaria de Estrella: a través de la metáfora del nombre, del hipocampo y de la monstruosidad reivindicada, configura lo que podríamos llamar un self poético, es decir, un yo que no sólo existe en lo biográfico, sino que se forja en el acto mismo de escribir, enunciar y performar. Un yo que —como diría Pedro Lemebel— se afirma en su diferencia y que convierte esa marca de exclusión en fuerza vital y política.

Por otro lado, el evento traumático de la muerte de Vicente actúa como detonante y desplaza el poemario hacia un plano colectivo, donde la herida íntima se transforma en denuncia abierta del odio transfóbico y de sus consecuencias letales. José Esteban Muñoz, al hablar de la desidentificación, muestra cómo las personas en los márgenes negocian su relación con las normas que las excluyen: no sólo se trata de aceptarlas o rechazarlas, sino de transformarlas en recursos para sobrevivir y decirse. En este sentido, la escritura de Nadia López convierte la violencia que la atraviesa en un gesto de resistencia y comunidad, y, al mismo tiempo, evidencia que la identidad no puede desligarse de las fuerzas que intentan negarla.

El carácter onírico de muchas imágenes en Dorsal —donde sueño y realidad se confunden— refuerza la idea de tránsito: un movimiento que va del dolor a la crítica, del duelo a la acción. Esa sensación se prolonga en la propia arquitectura del poemario. Mientras el primer movimiento avanza en secciones numeradas, casi como la secuencia en un rito de pasaje, el segundo movimiento nombra cada parte, otorgando una identidad específica a cada momento. Así, Dorsal es a la vez elegía y manifiesto: duelo personal y crítica social, territorio de resistencia y horizonte de posibilidad. El cuerpo aparece no sólo como materia de dolor, sino también como lugar de imaginación y de futuro. La poesía es el gesto que lo aligera y, al mismo tiempo, lo vuelve visible para todos; al transformarse en palabra, el cuerpo deja de ser un sitio de encierro y se convierte en espacio compartido, en acto de existencia.

Referencias:

Vargas, Á. (2016). Límulo. México, Tierra Adentro.

Carson, A. (1998). Autobiografía de rojo. Trad. Tedi López Mills. México, Calamus.

Anzaldúa, G. (1987). Borderlands/La frontera: The New Mestiza. San Francisco: Aunt Lute Books.

Muñoz, J. E. (1999). Disidentifications: Queers of color and the performance of politics. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Butler, J. (2004). Deshacer el género. México, Paidós.

López García, N. (2022). Dorsal. México, FCE

Preciado, P. B. (2019). Un apartamento en Urano. Barcelona: Anagrama.

Lemebel, P. (2011). Hablo por mi diferencia. México, Ú-tópicas.

Castellanos, R. (1992). Meditaciones desde el umbral. México, FCE.