De sangre y barro
A ti, que me llamaste anormal entre jadeos,
que me abriste la boca a mitad de la penumbra
mientras afuera la ciudad ladraba consignas,
hoy te reclamo con la lengua todavía ardiendo.
Te fuiste un martes sin tocar la herida,
dejando en mi piel el sabor a mentira y deseo:
por las mañanas, tu sombra en oficinas grises,
por las noches, tus manos hundidas
—como náufrago en isla secreta—
en estas caderas que negabas al sol.
¿Qué clase de hombre eres tú,
que escondes tu rostro en la penumbra
y marcas con dientes lo que en voz alta reprimes?
¿Qué dios te enseñó a arder en la carne
y a besar con miedo los cuerpos que deseas?
Nosotros, los torcidos, los marcados,
los que cargamos nombres torpes en la nuca,
sabemos que el género es un río en desborde,
siempre cambiante, nunca fijo;
y el cuerpo, un campo donde late la furia.
Pero mi espalda ya no será tu guarida,
ni mi boca tu secreto sin testigos.
Hoy me miro desnudo en el espejo
—sudoroso, herido, insolentemente bello—
y descubro en cada cicatriz
una ruta de placer que no se extingue.
No me arrepiento de los labios
que bebí en baños de estaciones,
ni de las manos que se aferraron a mi cintura
mientras afuera llovían insultos.
Esta piel que llamas exceso
es archivo y territorio,
carnal y sagrado.
Tu vergüenza no me roza.
Tu silencio no me pertenece.
Mientras tú te escondes tras cortinas gastadas,
yo danzo en la calle con los muslos expuestos,
beso a hombres que no temen sudar entre hombres,
y escribo con saliva y tinta
el nombre que soy: Libre.
Que el tiempo te pese con tus secretos.
A mí me basta el pulso de mis pasos
—los que no detuve nunca,
a pesar del miedo,
a pesar de las balas,
a pesar del mundo que quiso borrarnos—.
Somos los hijos insumisos de la norma,
los que reinventamos el deseo
en cada grieta del sistema.
Y, aunque prefieras callarlo,
nuestra existencia ya es victoria.
A ti, que me llamaste anormal entre jadeos,
que me abriste la boca a mitad de la penumbra
mientras afuera la ciudad ladraba consignas,
hoy te reclamo con la lengua todavía ardiendo.
Te fuiste un martes sin tocar la herida,
dejando en mi piel el sabor a mentira y deseo:
por las mañanas, tu sombra en oficinas grises,
por las noches, tus manos hundidas
—como náufrago en isla secreta—
en estas caderas que negabas al sol.
¿Qué clase de hombre eres tú,
que escondes tu rostro en la penumbra
y marcas con dientes lo que en voz alta reprimes?
¿Qué dios te enseñó a arder en la carne
y a besar con miedo los cuerpos que deseas?
Nosotros, los torcidos, los marcados,
los que cargamos nombres torpes en la nuca,
sabemos que el género es un río en desborde,
siempre cambiante, nunca fijo;
y el cuerpo, un campo donde late la furia.
Pero mi espalda ya no será tu guarida,
ni mi boca tu secreto sin testigos.
Hoy me miro desnudo en el espejo
—sudoroso, herido, insolentemente bello—
y descubro en cada cicatriz
una ruta de placer que no se extingue.
No me arrepiento de los labios
que bebí en baños de estaciones,
ni de las manos que se aferraron a mi cintura
mientras afuera llovían insultos.
Esta piel que llamas exceso
es archivo y territorio,
carnal y sagrado.
Tu vergüenza no me roza.
Tu silencio no me pertenece.
Mientras tú te escondes tras cortinas gastadas,
yo danzo en la calle con los muslos expuestos,
beso a hombres que no temen sudar entre hombres,
y escribo con saliva y tinta
el nombre que soy: Libre.
Que el tiempo te pese con tus secretos.
A mí me basta el pulso de mis pasos
—los que no detuve nunca,
a pesar del miedo,
a pesar de las balas,
a pesar del mundo que quiso borrarnos—.
Somos los hijos insumisos de la norma,
los que reinventamos el deseo
en cada grieta del sistema.
Y, aunque prefieras callarlo,
nuestra existencia ya es victoria.
A ti, que me llamaste anormal entre jadeos,
que me abriste la boca a mitad de la penumbra
mientras afuera la ciudad ladraba consignas,
hoy te reclamo con la lengua todavía ardiendo.
Te fuiste un martes sin tocar la herida,
dejando en mi piel el sabor a mentira y deseo:
por las mañanas, tu sombra en oficinas grises,
por las noches, tus manos hundidas
—como náufrago en isla secreta—
en estas caderas que negabas al sol.
¿Qué clase de hombre eres tú,
que escondes tu rostro en la penumbra
y marcas con dientes lo que en voz alta reprimes?
¿Qué dios te enseñó a arder en la carne
y a besar con miedo los cuerpos que deseas?
Nosotros, los torcidos, los marcados,
los que cargamos nombres torpes en la nuca,
sabemos que el género es un río en desborde,
siempre cambiante, nunca fijo;
y el cuerpo, un campo donde late la furia.
Pero mi espalda ya no será tu guarida,
ni mi boca tu secreto sin testigos.
Hoy me miro desnudo en el espejo
—sudoroso, herido, insolentemente bello—
y descubro en cada cicatriz
una ruta de placer que no se extingue.
No me arrepiento de los labios
que bebí en baños de estaciones,
ni de las manos que se aferraron a mi cintura
mientras afuera llovían insultos.
Esta piel que llamas exceso
es archivo y territorio,
carnal y sagrado.
Tu vergüenza no me roza.
Tu silencio no me pertenece.
Mientras tú te escondes tras cortinas gastadas,
yo danzo en la calle con los muslos expuestos,
beso a hombres que no temen sudar entre hombres,
y escribo con saliva y tinta
el nombre que soy: Libre.
Que el tiempo te pese con tus secretos.
A mí me basta el pulso de mis pasos
—los que no detuve nunca,
a pesar del miedo,
a pesar de las balas,
a pesar del mundo que quiso borrarnos—.
Somos los hijos insumisos de la norma,
los que reinventamos el deseo
en cada grieta del sistema.
Y, aunque prefieras callarlo,
nuestra existencia ya es victoria.