Dulce o beso de tres
Emi tiene un ojo nublado. No ciego, sólo nublado, por un pupilente que la coloca en el pegue de los mundos, como si cargara un pequeño temporal en la mirada. La veo y pienso en “A caballo” de Nathy Peluso: disfrazada de jinete, las montañas metidas en el cuerpo, riendo con un cigarrillo entre los dientes y la botella de trago en la mano. La admiro. Una verraca, una chimba.
En Dulce o beso de tres —así se llama la fiesta— todos parecemos estar montados sobre algo que nos lleva: el deseo, la euforia, la marihuana, el calor que se inventa entre desconocidos. Las luces de neón vibran con un pulso húmedo que parece venir de los cuerpos, no de los cables.
La fiesta empieza antes que la música, en la cocina donde nos maquillamos con luces amarillas, cerveza tibia y pestañas que no pegan. Estrés de ver a qué hora llega la gente por la puntualidad latina. Bogotá tiembla en la ventana, un frío que intenta colarse en los huesos pero no puede.
Mis jotas chismosean sobre los hombres que se quieren comer en la fiesta. Kevin muestra más carne que todos, y ese gesto —desnudar el hombro, dejar ver el abdomen marcado que brilla bajo el aro de luz— tiene algo de desafío político. En una ciudad que te pide esconderte, mostrar el cuerpo es una forma de encenderlo.
Amor, el frío es un mindset, decimos Sebas y yo. Y nos reímos, convencides de que el deseo es más potente que la temperatura. Cuando estás en modo puta no sientes frío: sientes territorio, los pies encarnados al suelo, respirando raíz, cuerpo inabarcable con invitación a conquistar, habitante de la piel y el calor. El cuerpo se convierte en templo portátil. No hay hipotermia que compita con una libido despierta.
Bogotá es una ciudad fría en medio de un país tropical; un abrazo con aguapanela y guaro, un beso que humea, una soledad con bufanda. Aquí el erotismo no se aprende, se inventa, se fluye en la pista, entre luces rojas y humo artificial.
Laura mira a un vaquero con las pupilas dilatadas. Disfrazada de Enchantress. Improvisa la luna de la frente con papel aluminio y un pasador. El brillo le cae torcido, como si se derritiera. No importa. En esta noche todo lo torcido es bello. Bailamos juntes, nos suda el cuerpo y la humedad se vuelve su propio lenguaje. Compartimos una botella de agua tibia que pasa de boca en boca, como si fuera una ofrenda. Nadie habla. La música hace lo que el idioma no puede: nos traduce.
Día dos repitiendo disfraz a medias: misma peluca de quince mil pesos, marca diablo, marca sintético, marca Shakira Las de la intuición. Cada fiesta es una oportunidad de reencarnar. Le pinto a Sebas una colita de diablo en la cara, un tridente en la comisura. Las ganas de comer, de tocar, de quemar.
Perreamos hasta el suelo y nos gusta. Amor, de puro voguear. Nos reímos, porque esa frase nos resume: el deseo como coreografía política, el placer como derecho de ciudadanía de dos jotas en efectos del cannabis. El suelo es una extensión del cuerpo. La música late como un pulso compartido. Dos pirobos nos miran. Amor, son todos tuyos, le digo. Y Sebas, con sus cachos de diablita fosforescente contonea la cola buscando donde cazar. Amor, menos mal me lave los dientes, se va.
Paul B. Preciado diría que el cuerpo enfiestado es un laboratorio donde se prueba la disidencia, una máquina biopolítica que se niega a producir otra cosa que placer. Un recipiente que intervenimos con pestañas postizas, con THC, con brillo, con un deseo que no busca aprobación sino temperatura. Gabriela Wiener, en cambio, escribiría que el cuerpo goza incluso cuando está triste, que la fiesta es una autopsia luminosa. Sin embargo, no se trata sólo de sexo. El erotismo acá es otra cosa, un tipo de ternura salvaje, un calor que se propaga de piel en piel, de baile en baile, un acuerpamiento entre les cuir del lugar: mirar a tus amigues y reconocerles como extensión de tu cuerpo, como los otros órganos de tu deseo.
En un baño se rompe una taza. En el otro, alguien se encierra a llorar. Hay dos desmayades afuera. El espejo está empañado, las paredes vibran. Una peluca idéntica a la mía reposa sobre el lavamanos, mojada, torcida, como si hubiera pasado por una guerra. Me río para mí pensando que los pelos morados que me posan al lado de la cara también terminan así: agotados, enredados, testigos de una batalla que no se gana ni se pierde. Hay algo profundamente erótico en el desorden, en ese momento en que el cuerpo se desarma después de sostener tanto. La peluca, el delineado corrido, las pestañas colgando: todos restos de una belleza que se vivió hasta el exceso.
Pienso en lo animal del deseo, cómo se despeina, cómo se desborda, cómo siempre deja huellas en los objetos. El erotismo no está en el cuerpo perfecto, sino en su resto; en lo que queda cuando la noche ya se fue: en el olor de la peluca mojada, en el sudor seco del cuello, en el eco del bajo que sigue latiendo por dentro. Y tal vez sí, toda fiesta es una guerra contra el cansancio y la soledad.
Afuera, la madrugada duele en los tobillos. El aire huele a empanada, a cigarrillo mentolado y a marihuana. Estamos en medio de los tres barrios más peligrosos de Bogotá, pero el peligro también es una forma de deseo. Nos da calor. Mis jotas me acompañan hasta el auto. Sebas me abraza, Laura me lanza besos voladores por la ventana. Avísame cuando llegues. En ese gesto diminuto —la promesa de cuidar el cuerpo del otro— también hay erotismo. No el de la posesión, sino el de la complicidad.
El carro arranca. El chofer me dice que le da cargo de conciencia no dejarme en la puerta. No sabe que su frase suena casi como un piropo. El paisaje es una secuencia de neones, tiendas cerradas, panaderías humeantes. Siento el calor de la fiesta evaporarse poco a poco. En la radio suena algo de Karol G, y pienso que quizá el reguetón fue nuestra revolución más honesta: nos enseñó a mover la pelvis sin pedir perdón. El erotismo, en América Latina, tiene la forma de una pista de baile llena de cuerpos precarios exigiendo calor, sincronizando su supervivencia en cuatro tiempos. Aquí el goce es una pedagogía del cansancio: la espalda arqueada, los muslos tensos, el sudor como certificado de existencia.
Llego a la casa. El gato se acicala entre las cintas de mis botas de caña alta. Lo miro con una ternura cansada: él también parece haber sobrevivido a la noche. El baño es un desastre. Maquillaje hecho en una hora reducido a manchas, cotonetes negros de tanto corregirme el delineado filoso. Cada residuo es una huella del cuerpo que bailó, del rostro que quiso ser otro, del deseo que se ensayaba frente al espejo. Todo erotismo tiene su desperdicio, su pequeña muerte.
Me miro. El reflejo tiene ojeras de salir de fiesta tres días seguidos, brillantina, un hilo de gloss corrido. Pero hay algo más: una vibración en la piel, una lucidez extraña, como si el cuerpo recordara todavía las manos que lo rozaron al pasar, la música que lo atravesó, la mirada de alguien que tal vez no volveré a ver.
El erotismo, pienso, es una forma de conocimiento. No se trata de poseer, sino de percibir. De habitar el cuerpo hasta el límite del temblor. De entender que gozar también desgasta, pero que ese desgaste es una manera de existir. Pienso que la fiesta fue sólo un pretexto: lo que de verdad buscábamos era recordar que seguimos sintiendo. El cuerpo enfiestado no busca redención.
Sólo presencia.
Sólo goce.
Sólo decir: aquí sigo, caliente en una ciudad fría, viva entre las ruinas del placer.
Afuera amanece. La ciudad despierta y el ruido del tráfico vuelve a su tono gris. Yo dejo caer la peluca sobre la silla, abro la ventana y dejo que el aire me enfríe el cuello. El erotismo sigue allí, invisible pero denso, como una corriente que recorre los huesos.
No necesito dormir todavía. Sólo quedarme quiete un momento, en este silencio que también es placer. Porque sobrevivir la noche —bailar, fumar, besar, reír, volver a casa— fue el acto más erótico de todos, una coreografía entre la vida y el cansancio. Y en el fondo, eso somos: cuerpos encendidos en medio de la oscuridad, buscándose, reconociéndose, respirando para seguir bailando.