¿Energía femenina y masculina? la cisheteronorma en la psicología

¿Energía femenina y masculina? la cisheteronorma en la psicología

De redes a la academia: energías y cerebros sexuados

Para Wanda Pacheco (2024) las ideas de energía masculina y femenina tienen sus orígenes en la filosofía china e hinduista, desde sus dicotomías yin-yang y shakti-shiva, respectivamente. En la filosofía china, el yin [asociado a lo femenino] y el yang [a lo masculino] representan fuerzas opuestas que se atraen mutuamente; mientras que en el hinduismo, shakti [lo femenino] y shiva [lo masculino] son deidades complementarias cuya unión crea un equilibrio en el universo. Estas culturas son sólo dos entre muchas otras en las que se ha asociado lo masculino y lo femenino como polos opuestos y a su vez complementarios; por ello son un útil punto de partida para analizar de qué manera estas ideas permean los discursos contemporáneos sobre el género.

Con el paso del tiempo, estas concepciones han sido reinterpretadas en distintos contextos y, recién, reapropiadas en las redes sociales. En este escenario, les coaches de masculinidad/feminidad y otres influencers emplean los conceptos de “energía femenina” y “energía masculina” —a menudo disfrazados de psicología— para asociar ciertas conductas con uno u otro polo. Por ejemplo: el cuidado, la sensibilidad, delicadeza y pasividad son catalogadas como energía femenina, mientras que el poder, liderazgo, y la acción de proveer se consideran energía masculina. Así, hombres y mujeres son exhortades a realizar estas conductas por su supuesta inclinación “natural” y “complementaria”.

Aunque no hay un respaldo conceptual por la psicología académica, pues estas ideas pertenecen al campo de la espiritualidad y no al de la ciencia, nos encontraremos con la sorpresa de que en algunos espacios académicos las energías sexuadas están presentes en clave de cerebros sexuados y reduccionismo biologicista. Lo que pretendo demostrar es cómo las energías femenina y masculina legitiman los roles de género desde el discurso espiritual, mientras que el dimorfismo cerebral y el biologicismo lo hacen desde el discurso científico; al presentar las diferencias de género como derivadas de estructuras cerebrales específicas. Cabe señalar que el problema no radica en la disciplina psicológica en su conjunto, sino en ciertos enfoques teóricos que parten de supuestos cisheteronormativos y sexistas, los cuales impactan en la forma en que se conceptualiza a les seres humanes, y sus relaciones.

En particular, el enfoque de la neuropsicología afirma con certeza que hay 2 tipos de cerebros: masculino y femenino. Según esta perspectiva, durante el proceso de gestación la exposición a los andrógenos —especialmente a la testosterona— masculiniza el cerebro de los fetos XY, mientras que en los fetos XX, al no haber una exposición elevada de testosterona, quedarían como cerebros femeninos por default. Bajo este marco, se han señalado diferencias en estructuras cerebrales, por ejemplo: el hipotálamo y la amígdala, que suelen describirse de mayor volumen en hombres, mientras que, el cuerpo calloso y ciertas áreas de la corteza prefrontal se reportan más desarrolladas en mujeres. Estas diferencias anatomicas quedarían inamovibles a lo largo de la vida, y darían lugar a diferencias cognitivas y conductuales por sexo. Así, las mujeres tendrían facilidad para la fluidez verbal y la empatía; por su parte, los hombres estarían predispuestos a la agresión y a una visión espacial superior (Hines & Spencer, 2015; Scheuringer & Pletzer, 2017).

De forma paralela, el discurso espiritual —presente en el libro El hombre consciente de John Gray (2016)— sostiene que nacemos con una determinada cantidad de energía masculina o femenina, las cuales influyen en nuestras conducta y en nuestra personalidad. “Un Hombre Consciente es aquél que conoce su carácter natural y puede reconocer sus cualidades natas”, afirma Gray. Esto evidencia que la espiritualidad, cuando habla de masculinidad/feminidad, acaba por naturalizar estas construcciones históricas y políticas.

En esa misma línea, la psicología evolutiva, según Myers y Twenge (2019), sostiene que los cerebros humanos modernos son producto de adaptaciones que ayudaron a nuestros ancestros a sobrevivir hace miles de años. Por ello, el cerebro masculino estaría influenciado por su papel de cazador, mientras que el de la mujer por su rol de cuidadora. Este enfoque parte de la idea de una “naturaleza humana universal” que explicaría la agresión masculina y las conductas de apareamiento entre hombres y mujeres. En otras palabras, bajo este enfoque la forma de “ligar” y aquello que resulta atractivo estaría biológicamente determinado.

Podemos constatar que estos discursos, aun viniendo de distintos ámbitos como la espiritualidad y la psicología, llegan a las mismas conclusiones por distintos medios. Defienden un binarismo –sea cerebral o energético– que determina un comportamiento y un destino diferenciado. A continuación, haré la propuesta de una psicología, que identifico como no-binaria, para desmentir estos postulados que ya vimos y ofrecer una alternativa de explicación.

Una psicología por fuera de la cisheteronorma

A continuación, procederé a deconstruir un enunciado difundido por les coaches de energía masculina/femenina en las redes sociales, el cual encuentra respaldo en lo que Myers y Twenge (2019) exponen sobre los planteamientos del apareamiento en la psicología evolutiva: “Los hombres favorecen la fertilidad, señalada por una apariencia juvenil y sana —energía femenina— mientras que las mujeres prefieren a hombres con mayores recursos para proveer —energía masculina— en el cuidado de las crías.” Este tipo de enunciados no son neutrales, sino que perpetúan una visión del mundo cisheteronormativa. En primer lugar, este enunciado no hace la diferencia entre hombres y mujeres cis/trans, ni tampoco menciona a las personas no binarias, una clara invisibilización y negacion de las identidades disidentes. En segundo lugar, asume que todes son heterosexuales, contribuyendo a la norma de la heterosexualidad obligatoria. Además, ignora que “salud” y “juventud” son constructos entendidos y moldeados por una red de significados culturales e históricos; por ejemplo, en nuestras sociedades occidentales contemporáneas lo sano se asocia con lo “delgado” y lo joven con la ausencia de vello corporal, etc. Finalmente, se presupone que las mujeres tienen una especie de instinto materno, reforzando así una feminidad por naturaleza cuidadora y estéticamente bella, encerrada en los mitos de la domesticidad y la belleza.

Como mencioné, el binarismo está presente en la neuropsicología como cerebro sexuado, por lo que en contraste, la psicología no-binaria lo rechaza, y comparte la tesis del cerebro mosaico. Este concepto fue propuesto por primera vez por la neurocientífica Daphna Joel en Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic (2015). En este estudio, Joel y su equipo analizaron más de 1,400 cerebros humanos de distintas bases de datos mediante imágenes de resonancia magnética. En su análisis, midieron volúmenes de materia gris, materia blanca y conectividad entre regiones cerebrales, y categorizaron cada región en escalas continuas de “masculinidad-feminidad” (masculino extremo, femenino extremo o zona intermedia). Encontraron que los cerebros eran combinaciones únicas de rasgos asociados a varones y mujeres, por lo que cada cerebro es un mosaico de características únicas en donde el sexo es un factor más que influye en su constitución pero no la determina. Como señala Lu Ciccia (2022), el ambiente y la experiencia personal son factores igual o incluso más importantes en la constitución cerebral, pues mediante la neuroplasticidad —la capacidad del cerebro para modificarse a lo largo de la vida según la experiencia y las prácticas sociales—, las ligeras diferencias promedio entre los sexos pueden entenderse como efectos del entrenamiento de hábitos y prácticas generizadas. Ciccia también introduce el concepto de epigenética —el estudio de cómo los factores ambientales pueden activar o desactivar la expresión de los genes sin alterar la secuencia del ADN— y de herencia epigenética, que alude a la transmisión de esas modificaciones a las generaciones siguientes. Desde esta perspectiva, las modificaciones neuronales que se producen a lo largo de la vida —por ejemplo, a través de las prácticas de crianza o los roles de género— no sólo transforman la configuración cerebral del individuo, sino que pueden heredarse mediante estos mecanismos epigenéticos, lo que implica que los rasgos cerebrales asociados a varones y mujeres no serían “naturales” ni “innatos”, sino el resultado histórico y heredado de prácticas y entornos generizados. Por tanto, con la tesis del cerebro mosaico de Joel, y la crítica desde la neuroplasticidad y la epigenética de Lu Ciccia, nos llevan a la conclusión de que conocer la genitalidad de una persona no nos permite predecir qué tipo de rasgos presentará su cerebro, y del mismo modo, conocer la estructura cerebral no permite deducir la genitalidad.

Cabe advertir que inclusive propuestas como la del cerebro mosaico corren el riesgo de ser leídas en clave biologicista si no cuestionamos la premisa de que cierta configuración biológica determina nuestras conductas. Según Froxán (2024), el problema de base en la neuropsicología se expresa en el enfrentamiento entre dos posiciones filosóficas: el reduccionismo y el emergentismo. Mientras que el reduccionismo sostiene que la conducta puede explicarse completamente desde un nivel inferior —por ejemplo, a partir del cerebro o de cualquier estructura biológica—, el emergentismo plantea lo contrario: el todo nunca es la suma de las partes. Por tanto, no es posible explicar la conducta, por muy precisa y exhaustiva que sea la descripción de un nivel inferior, como el funcionamiento del cerebro o de otras estructuras biológicas.

Siguiendo esta línea, la psicología conductista aparece como una alternativa para abandonar esta lógica biologicista. Froxán (2020) señala que la perspectiva antiesencialista del conductismo radical se opone a cualquier postura que considere que la biología del individuo —como su cerebro, hormonas o genitales— determina una clase específica de comportamientos, así mismo, la autora advierte que no existe nada por naturaleza “femenino” en conductas como el cuidado; más bien, son las contingencias históricas y culturales las que refuerzan de manera diferencial estos comportamientos en quienes son asignadas socialmente como mujeres.

Podemos, por tanto, encaminarnos hacia una psicología que cuestione el binarismo ontológico y epistemológico, es decir, aquella tendencia a categorizar al ser humano y la realidad en dicotomías como naturaleza/cultura, hombre/mujer u heterosexualidad/homosexualidad, para generar el conocimiento a partir de esa categorización. Además, resulta fundamental proponer una perspectiva del estudio psicológico que reconozca la diversidad de identidades y la multiplicidad de deseos, abandonando la lógica esencialista y biologicista para explicarlos, evitando así reproducir postulados cisheteronormativos como los que persisten en la neuropsicología, o en los discursos sobre las energías.

Pensarse por fuera de los marcos de la opresión

Desde mi lugar como estudiante no binarie de psicología, enterarme de cómo la cisheteronorma acaba permeando esta disciplina me mostró lo importante que era buscar saberes y prácticas de resistencia, para cortar el hilo de patologización y violencia que han ocupado la psicología y la psiquiatría frente a las disidencias de género. Hoy nos queda claro que la ciencia no es ajena al contexto social donde se desarrolla, pues llega a ser instrumentalizada por la hegemonía para producir y legitimar discursos institucionales que moldean la vida de las personas. Según Morey (2017), para Michel Foucault los discursos son estructuras de saber y poder que producen verdades; son aquello que hace que algo entre al juego de lo verdadero y lo falso. En este sentido, cuando la psicología genera discursos como el dimorfismo sexual o el biologicismo, no sólo describe, sino que prescribe modos de ser y de comportarse.

Cualquier persona que se salga de ese comportamiento “natural” es leída como incompleta o desviada, y toda identidad que no sea la identidad cis supuestamente “estable” queda marcada por la sospecha o la enfermedad. Los intentos de explicar nuestra existencia y nuestro actuar desde estos marcos cisheteronormados sólo llevan a hacer excepciones a sus normas para que nosotres podamos ser válides. Así, nos vemos obligades a evidenciar un cerebro trans como una excepción a la regla del dimorfismo cerebral para explicar por qué nos vivimos desde donde nos vivimos. O acabamos obligades a proponer la existencia de una energía no-binaria a la regla de las energías femenina/masculina para explicar nuestra diversidad de identidades y de comportamientos. Por eso no busco inclusión en sus marcos de referencia; busco romper con esos marcos. Si buscamos líneas de fuga para vivirnos fuera de la cisheteronorma, también debemos buscar líneas de fuga en nuestra forma de comprendernos.

Referencias

Ciccia, L. (2022). La Invención de Los Sexos: Cómo La Ciencia Puso El Binarismo En Nuestros Cerebros Y Cómo Los Feminismos Pueden Ayudarnos a Salir de Ahí. Siglo XXI Editores - México.

Froxan, M. X. (2024, Julio 24). CONDUCTISMO vs NEUROPSICOLOGÍA - María Xesús Froxán y Saúl Martínez-Horta. Youtube. https://www.youtube.com/watch?v=hhZ0bvISWkM

Froxán Parga, M. X. (2020). Análisis funcional de la conducta humana: Concepto, metodología y aplicaciones. Ediciones Pirámide.

Gray, J. (2016). El Hombre Consciente (DIANA M.R ed.). Editorial Planeta Mexicana.

Hines, M., & Spencer, D. (2015). Early androgen exposure and human gender development. Biology of Sex Differences, 6. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4350266/

Joel, D., Berman, Z., Tavor, I., & Assaf, Y. (2015). Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 112. https://www.pnas.org/doi/full/10.1073/pnas.1509654112

Morey, M. (2017). Foucault y Derrida: pensamiento francés contemporáneo. EMSE EDAPP, S.L.

Myers, D. G., & Twenge, J. M. (2019). Psicología social. McGraw-Hill.

Pacheco, W. (2024). ¿Qué es la energía femenina y la energía masculina? La Cadera de Eva. https://lacaderadeeva.com/glosario-feminista/que-es-la-energia-femenina-y-la-energia-masculina-/11572

Scheuringer, A., & Pletzer, B. (2017). Sex differences and menstrual cycle dependent changes in cognitive strategies during spatial navigation and verbal fluency. Frontiers in psychology, 8. https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2017.00381/