La vida ordinaria
Un café en el Gato Negro y después al ciclo de Almodóvar en el Rojas. Él se vino desde Pilar en auto, yo desde Berazategui en tren. Ofreció levantarme en Constitución, pero le dije que no, que tenía cosas que hacer antes en el centro. Demasiado amable para una primera cita.
La peli de ese día era Átame. Tuve un novio cordobés al que le gustaba atarme. Durante el café hice un comentario obvio sobre el título y lo que podríamos hacer después. No se rio. Era bastante churro y tenía un moretón cerca de la oreja. Aparte de eso, jeans nuevos, zapatillas blancas nivel cocaína y anteojos con la marca adherida a la patilla. Insistió en pagar las entradas y el café. El cordobés siempre me traía alfajores de regalo.
Fui a mear al baño del Gato Negro, que es amplio y huele a tabaco. Ir al baño del cine antes de la peli es un estrés, y después de la peli da medio trampa. El amor de mi vida fue el cordobés, re tranqui era, ni te imaginabas lo de las ataduras. Cruzamos la avenida bajo una de esas lloviznas de domingo porteño que parece que te envuelve una fotocopia. Desplegó un paragüitas supersónico y, sin preguntarme, me agarró en un intento de abrazo protector. Me mordí el labio y me dieron ganas de pisarle las zapatillas. Re tranqui el pibe, pensé.
Durante la peli nos reímos en los momentos que había que reírse y me apoyó una mano en la pierna en el momento en que había que apoyarla. Viene todo bien. El cordobés iba y venía en auto a Villa María porque tenía a la madre enferma. A la salida del cine me dieron ganas de mear de nuevo pero me aguanté porque me pareció que estaba por arruinar un momento importante. Me agarró de la mano y dijo: vamos a casa. Yo ni siquiera vivía solo así que me dejé llevar manso. Está bueno que viva lejos, pensé. Con el cordobés nos la pasábamos del vinito de la despedida a mojar el látex del reencuentro. Tenía un autazo.
Además de atarme, al cordobés le gustaba usar máscaras. En eso pensé apenas entré al baño. Escuché un golpe y gritos; no alcancé a terminar. Había dos hombres esperando dentro de la casa. Nos ataron de espaldas, silla con silla. Las sogas las trajeron ellos. Primero pensé que era un robo pero después entendí que era un ajuste de cuentas. De una que él los conocía. Les dijo algo tipo hoy no, pero le dieron vuelta la cara de un sopapo. Apenas un chorrito alcancé a mear. La noche en la que el cordobés empezó a orinarme en la boca, supimos que había cambiado algo metafísico de nuestra historia. Lo fajaron bastante. ¿Dónde está?, ¿dónde la tenés?, gritaron. Parecía un pibe tranqui. Un chorrito es peor que nada; te queda doliendo de las ganas de seguir. Tendría que haber ido al baño en el cine.
Al principio lo de las ataduras no me cabía ni ahí, hasta que un día me envolvió con cinta adhesiva y me metió en un saco de látex. El tiempo se detuvo y por primera vez me olvidé de pensar. Me tuvo agarrado de la mano desde que salimos del cine hasta que subimos al auto. Puso un jazz rarísimo y casi no hablamos. Nos dimos unos besos en la puerta del garaje. Las máscaras eran de lucha libre mexicana. La vida ordinaria desaparecía detrás de Blue Demon y Psycho Clown. Empezó con algún cachetazo leve, siempre con la mano abierta. Un cachetazo que es como un pase de merca por endovenosa. No la ves venir y de repente te arde y te gusta, pero ponés cara de nada que ver. También nos gustaba mucho comer alfajores con las máscaras puestas. ¿Dónde la tiene guardada, puto?, me gritaron a mí también. Me pegaron un par de bifes pero sin mala intención. Me puse a llorar, más por el recuerdo del cordobés que por otra cosa. Él sí que sabía fajar.
Sentí un calor que me mojaba la entrepierna. Al otro le estuvieron dando un buen rato. Cuando entendí que se habían ido, largué el chorro. Nos llenábamos de miguitas de alfajores, y después le lamía la maicena y el coco con la máscara puesta. Me estoy por mear acá en la silla, le avisé apenas se fueron. El charco ya debía llegarle a las zapatillas. Antes del último viaje a Córdoba habló de mudarme a su casa y de tatuarme su nombre en la nuca. Camino a lo de la madre se lo llevó puesto un camión cisterna.
¿Qué no fuiste cuando llegamos?, contestó improvisando enojo. Seguro que le habían bajado un par de dientes porque casi no se le entendía. Te hacías el cheto pero sos un narco boludo, papá. Eso no lo dije, lo pensé nomás. Me llevé las sogas y las máscaras del departamento antes de que la madre llegara para el velorio. Y las paletas, los dildos y todos los chiches. Estaba alfombrada la casa, el olor a meo no se le va más. Cada tanto duermo en el saco de látex y sueño que voy a tatuarme. Nadie volvió a quererme como él.