Papel en blanco
Desde el momento en el que llegas a la residencia te das cuenta de que aquí la realidad no entra. Se queda en las puertas. Pasa de largo, como los coches por la calle. No sé si por respeto o por mera desgana, pero dentro del perímetro, su influencia es nula. Aquí el ritmo lo marcan las comidas y las visitas del médico. Y entre ellas, sólo si le cuadra bien a gerentes y personal sanitario, se cuela alguna actividad extra. Cuando entras a vivir aquí (o a morir, como dicen algunos), la realidad pasa a ser eso que ocurre afuera y que te limitas a ver por la ventana al exterior que es la televisión. Y de esta no nos dejan ni el mando a distancia.
Hasta que llega el virus y lo cambia todo.
Las noticias de los telediarios nos causan inquietud. El nerviosismo llega cuando varios ancianos empiezan a caer enfermos. La tensión en la plantilla de la residencia es palpable. De pronto el personal siempre aparece con mascarilla. Las pocas sonrisas se pierden junto con las charlas amables, y sólo queda un trato distante y tenso camuflado de aséptica profesionalidad. Y aun así, les estamos agradecidos porque han renunciado al derecho de marcharse a casa, a la seguridad de sus hogares y la compañía de sus seres queridos, para encerrarse veinticuatro horas al día, siete días de la semana, aquí, con nosotros… sin fecha clara de que esto acabe.
La realidad deja de estar ajena a nuestra rutina y mete sus afilados dedos para trastocarlo todo.
Nos recluyen en las habitaciones. El aislamiento es casi total. Me resulta imposible saber cuántos seguimos vivos. Yo no tengo aquí amigos propiamente dichos, pero solía coincidir con Juanjo y Guillermo en la sala común. Me gustaría saber si están bien. Pregunto al personal que trae la comida, pero no saben o no quieren contestar. Lo mismo pasa con enfermeros y médicas.
El aislamiento es como si la sordera y la ceguera que le acechan a uno en la vejez ganaran terreno a pasos agigantados. Sólo Francisco me salva el día. Es el enfermero más viejo, su pelo gris me anima a pensar que está cercano a la edad de jubilación. Y eso, para un viejo decrépito como yo, ayuda a quitarse de encima la impresión constante de resultar repulsivo para la lustrosa juventud.
Un día le pregunto por qué no ha optado por marcharse a casa cuando pudo, siendo él también considerado un grupo de riesgo. Le hace gracia que le considere viejo. Tiene una sonrisa bien cuidada que ensalzan las arrugas que se le forman en las comisuras de los ojos. Lo sé porque se la vi montones de veces, aunque ahora, sus labios me los veta la mascarilla. Me explica que vive solo y no tiene familia, que los amigos están recluidos en sus casas y que, para aburrirse y sentirse inútil, mejor estar aquí.
—Como además de enfermero soy fisioterapeuta, la dirección ha visto la oportunidad de aprovecharme ahora que Miguel ha preferido quedarse en casa. —Miguel era el fisio oficial del centro—. Así no descuidamos la rehabilitación de ciertos pacientes. Por ejemplo, si paramos la tuya, la operación no habrá servido de nada.
—Hemos tenido suerte, entonces —digo, aunque pienso, para suerte, la mía, pues he descubierto que las manos de Francisco son más confortables que las de Miguel.
—Si no, Marta también tiene unas nociones básicas —añade.
—Te prefiero a ti. —La vejez da cierta desvergüenza y él se ríe.
Esa es mi dicha, que Francisco, conmigo, se ríe; hace que espere su llegada a diario con ganas. Siempre es igual. Él llama a la puerta, abre y asoma medio cuerpo con cautela. Siempre me encuentra tumbado en la cama y siempre sonríe al verme: sus ojos se encogen y le salen esas graciosas patas de araña a la altura de las sienes. Luego empuja la silla de ruedas y me ayuda a subirme a ella. Siempre noto sus manos calientes, sus dedos anchos y firmes decididos a no dejarme caer. Lo sé. Lo siento. No permitirá que me pase nada. En las noticias hablan mucho de los equipos de protección individual, como guantes, visores, batas… y su escasez en los hospitales. Aquí nunca han llegado, Francisco sólo viste el uniforme de enfermero y una mascarilla que reutiliza más de lo que debería. Siempre huele bien, y yo disfruto dejando que mis ojos se pierdan en el cuello de su camisa, que al abrirse revela un pecho velludo. Las canas también abundan ahí. Para mí es un juego. Mientras me ayuda a abandonar la cama y sentarme, dejo a mis ojos indagar disimuladamente; considero un premio alcanzar a ver un centímetro más de su piel. Descubrir un lunar es un tesoro. Ojalá que el uniforme se pliegue en exceso y revele la corona de uno de sus pezones; quiero saber si son rosados o marrones.
Cuando Francisco empuja la silla por el pasillo voy ojo avizor por si alguna puerta está abierta, para ver quién sigue todavía aquí, entre los vivos. Nunca tengo suerte. La austeridad de la residencia, sin haber cambiado un ápice en la decoración, se acentúa por los pasillos vacíos.
Una cosa buena de llevar ya un tiempo así es que las conversaciones con Francisco han podido pasar de la inevitable pandemia a temas más triviales. En unos días hemos cogido la confianza que años no propiciaron.
Tose. Es normal en él; desde que le conozco tiene esa tos. Por ex-fumador, según dice.
—Hoy toses más de lo normal.
—Bobadas. —Me saca del ascensor con un suave empujón.
Cuando me tiendo en la camilla y él empieza a flexionar mis piernas, me doy el lujo de disfrutar de sus manos. Procuro no mirar ni cazar lunares por no resultar indiscreto o incomodarlo. Centrarme en el tacto de sus manos es suficiente tesoro. Nunca me he sentido una damisela en apuros a la espera de un príncipe azul, pero viendo sus dedos sostener mis muslos, flexionar mis rodillas, y sentirme a su merced, viéndome seguro y bajo sus delicados cuidados, puedo entender que muchas personas adopten ese papel.
Papel. De viejo te sientes así: sensible a la humedad, al sol, acusando a la mínima cualquier esfuerzo o pliegue por pequeño que sea. Y, en la era digital, obsoleto.
Sin embargo, las manos de Francisco son dos seres vigorosos que se aproximan al papel, lo acarician con las yemas de los dedos, con destreza y una pizca de ternura, casi con cariño. Parece un restaurador manipulando un incunable, aunque quizás él me vea más como un pergamino, me digo; más simple y quebradizo. Lo más bonito es que sus manos, grandes y poderosas, podrían coger el papel y estrujarlo a voluntad; podrían dominarlo, someterlo, y, por el contrario, se pliegan a sus necesidades.
A veces cierro los ojos para sólo percibir el calor de su tacto. Otras, miro al techo y me pregunto qué sentirá él en las palmas de sus manos cuando me toca. Es entonces cuando el blanco de la escayola se adueña de mi mente para convertirla en un lienzo virgen en el que las manos de Francisco, dibujando en mi cuerpo, dejan trazos oscuros, intensos y míos, sólo míos. Una obra de arte que vista desde fuera parece burda, sin sentido, hecha de cualquier manera. Y, sin embargo, carga una multitud de sensaciones.
—¿Tu familia, qué tal?
Es una pregunta habitual en estos días, aunque Francisco no me la había hecho hasta hoy. Lo menos habitual de todo es que alguien me la haga cuando dobla mi pierna hacia el pecho y está inclinado sobre mí, sosteniendo con sumo cuidado la postura de mi cuerpo con su propio abdomen. Un pájaro ligero posado en la rama de mis frágiles miembros.
—No tengo familia.
—¿Ni mujer, ni hijos?
Podría contarle que encaucé mi vida por el valle de la rectitud, observado por las montañas de la familia y los amigos que veían en mi derechura una honradez, ética moral y firmeza de espíritu admirable. ¡Cuántas alabanzas escuché a lo largo de mi cauce! Si ellos hubieran sabido que me alejé del sendero de la carne por miedo, que mi derechura no era tal, que no cedí a mis pasiones por un rechazo visceral a lo que debería desear, por un miedo atroz a lo que en verdad me atraía… sus miradas de respeto, que me ennoblecían, que me hacían sentir que merecía la pena renunciar… se habrían tornado hostiles. Me habrían dado la espalda.
Pero, ahora, a mi vejez, bajo las manos de Francisco, ¿qué más da todo eso? De pronto, la moral en mi pecho es agua que se evapora. Y, al hacerlo, no queda nada.
—Nunca he tenido mujer —atino a decir.
Nos miramos y hay un entendimiento. Me siento desnudo porque es la primera persona en la residencia a quien se lo revelo. Veo sus patas de gallo arrugarse y me guiña un ojo.
Procede con la otra pierna. Sus manos vuelven a mi cuerpo con la misma firmeza, el mismo calor, la misma destreza. Ni un ápice de variación salvo la simetría de la postura. Vuelve a mirarme, su rostro más cercano aún si cabe. La mascarilla es una barrera que no sólo trata de atrapar los virus; captura la sonrisa y el aliento, convierte los susurros en murmullos ininteligibles. Sólo los ojos de Francisco se escapan y me sonríen. Sí, sonríen. Percibo que sus manos ya no se apoyan en mis piernas, sino que se deslizan por mi piel. Los dos seres vigorosos se abren paso por el mapa, como exploradores, niños grandes jugando a salirse del terreno conocido, apenas por milímetros, en camuflados descuidos.
La tos de Francisco es lo único que interrumpe ese roce, contrayendo los músculos de su cuerpo, obligándole a hacerse a un lado. Cuando la tos cesa, sus ojos me buscan y, al encontrarse con los míos, sonríen otra vez. Sus manos regresan a mi piel. Cuando termina los ejercicios habituales, en lugar de ayudarme a bajar de la camilla, se inclina y me mira, apoyando una de sus manos en mi muslo. Arde.
—¿Todo bien?
Oigo mi respiración con una intensidad que había olvidado, como si mis pulmones cogieran fuerza. Asiento sin despegar los ojos de los suyos.
—Entonces, mañana… ¿más? —No me guiña el ojo, sino que me sostiene la mirada, y la sonrisa de sus arrugas contiene el aliento. Como respuesta, sonrío y veo las arrugas de sus ojos alzarse. Sus hombros se relajan. Tose una vez más antes de ayudarme a tomar asiento.
Paso la noche entera en vela. Si ya los viejos dormimos poco, con la creciente excitación que ha surgido en mi interior, el insomnio está asegurado. Mire a donde mire veo sus ojos sonrientes. Al intentar cerrar los míos, sólo puedo recrear su mano apoyada en mi muslo. La piel vuelve a arderme.
No recuerdo la última vez que sentí que había algo ahí afuera para mí. Me siento como un chiquillo.
Al día siguiente llaman a la puerta. Estoy en mi cama esperando, más ansioso que nunca.
Alzo la mirada y… es Marta la que entra.
—¿Y Francisco?
—Hoy me toca a mí, que Fran en algún momento tiene que descansar. ¡Venga, a la silla! —Me guiña un ojo y se acerca a echarme una mano. Los sanitarios usan una forzada simpatía para llevarnos a los pacientes al plano de las no-preguntas. Pero los ancianos somos cabezotas y a veces, las menos, podemos imponer esa ventaja. Insisto en preguntar—. La verdad es que ayer tuvo unas décimas de fiebre —consigo sonsacarle—. No podemos arriesgarnos.
La fiebre, o encontrarse un poco mal, ha pasado de ser algo preocupante a ser señal de alarma. Razón de sustos mayores. Dejar de ver a alguien ha dejado de ser un hasta luego a ser un adiós, mudo y sin abrazo. La despedida me sube por el pecho y se atasca en la garganta: no va para adelante ni para atrás.
—Estoy cansado —me invento—. Iba a decirle si podíamos saltarnos la sesión de hoy. —La contrariedad ocupa el rostro de Marta. Me muestro remolón, cosa que nunca hago, y ella cede.
—Por una vez está bien —dice.
Cuando se va, llevándose consigo la silla, cierra la puerta.
Pienso en Francisco y ya no quiero sentir su mano en mi muslo. Me conformo con verle aparecer tras la puerta, vivo, sonriente.
Ojalá se recupere, aunque intuyo que yo no lo veré.
Miro al techo: blanco e impoluto. Mi vista cansada no me permite ver las imperfecciones que pueda tener y se me antoja inmaculado. Un lienzo al que ningún trazo pasional le dará vida.
Como un papel en blanco.