Salvador Novo: Erotismo que subvierte en dos sonetos

Salvador Novo: Erotismo que subvierte en dos sonetos

Quiero puntualizar en la vida y obra de Salvador Novo, pues constituye un acto de transgresión literaria y social que desafía los cánones estéticos y morales del México posrevolucionario. Su obra —breve en el tiempo, hoy olvidada con injusticia— fue larga en cuanto a géneros literarios. Entre la prosa destaca El tercer Fausto —obra de teatro publicada originalmente en francés, con argumento homosexual—; en cuanto a poesía, quizá, resalta Sonetos o Nuevo amor. Sin embargo, también se caracterizó por sus pesquisas como ensayista, periodista y cronista.

En la juventud de Salvador Novo, entre las décadas de 1920 y 1930, dominaba el México posrevolucionario, un proyecto fervoroso, y un esfuerzo un poco desordenado por construir desde cero ese concepto tan abstracto llamado “identidad nacional”. El diseño oficial era bastante específico: un arquetipo viril, arraigado en la tierra y envuelto en un aura de autenticidad popular, como si hubiera salido de un corrido o de la portada de un libro de texto gratuito.

Frente a este proyecto hegemónico, en este inspirador contexto de músculo y épica, surge el grupo de jóvenes escritores autodenominados Los Contemporáneos, encabezados por el incisivo Salvador Novo. Su propuesta era excéntrica: en lugar de cantar a la máquina o pintar la redención del pueblo en un muro público, ellos se interesaban por asuntos tan triviales como la intimidad, el psicoanálisis, la ambigüedad del deseo y el cuidado formal de la poesía. Profesaban la herejía, coreaban canciones para cantar en las barcas. No buscaban el coro unánime, sino el monólogo interior. Cambiaron la plaza pública por el diván, el fusil por el alfiler de metáfora.

Naturalmente, su propuesta artística no fue recibida con entusiasmo pues se consideraba afeminada, extranjerizante y elitista. Esta acusación no era sólo estética sino también política. Mientras el Estridentismo de Manuel Maples Arce mantenía una retórica vinculada a la máquina, la velocidad y la épica urbana dentro de un marco revolucionario plasmado por los muralistas —Epopeya del pueblo mexicano, En la trinchera, Del porfirismo a la Revolución o, incluso, Miguel Hidalgo—, y los muralistas como José Clemente Orozco y Diego Rivera pintaban narrativas épicas de lucha de clases y redención del pueblo en los muros de edificios públicos, Los Contemporáneos volvían la mirada hacia la intimidad, el psicoanálisis, la ambigüedad y el cultivo de formas poéticas puras.

En este sentido, analizaré dos de los sonetos más emblemáticos de Salvador Novo: X Pienso, mi amor, en ti todas las horas y VIII de Nuevo amor para explorar cómo articula una poética del erotismo y la sátira que subvierte, desde el antiacademicismo y el dandismo, las expectativas del petrarquismo y las normas de género de su época. A través de un análisis semántico y sintáctico, se demostrará cómo estos poemas, lejos de ser meras provocaciones, son ejercicios conscientes de ironía y “joteo” —una performance de deseo e intelectualidad— que reconfiguran la expresión del amor y el deseo homosexual en la literatura mexicana.

México posrevolucionario: machismo, nacionalismo y la figura del “rarito”

El México de los años veinte a los cuarenta vivía en una especie de juego de espejos: por un lado, quería codearse con las capitales más cosmopolitas del planeta, y por el otro, no soltaba ni por error el discurso de la revolución y la patria en el pecho. Modernidad con sombrero, vanguardia con sarape: así andaba el país, tratando de bailar dos ritmos a la vez sin perder el equilibrio. México presumía una identidad construida sobre valores que se suponían masculinos, como la fuerza, el mestizaje, la lucha y la autenticidad del pueblo. El muralismo de José Clemente Orozco y Diego Rivera glorificaba al obrero, al campesino y al indígena, cuerpos productivos y viriles. En medio de ese desfile de testosterona patriótica, apareció la figura pública que Salvador Novo con su elegancia de ciudad, su afeminamiento descarado —pues disfrutaba de travestirse y dejar en ridículo a quienes lo acompañaban— y su lengua afilada. Él mismo se autodenominó “el rarito” en sus crónicas, apropiándose del estigma para convertirlo en emblema de una diferencia deliberada.

Reitero; la cultura oficial de aquellos años tenía a sus favoritos: cuerpos proletarios, fornidos y siempre listos para lucir bien en un mural gigante —o para marcar el paso al ritmo de Gonna Make You Sweat—. Mientras tanto, Novo andaba ocupado escribiendo sobre otro tipo de cuerpo, uno que no cargaba costales ni levantaba la nación, sino que simplemente deseaba, fantaseaba y —peor tantito— se divertía. El pleito llegó a niveles casi telenovelescos cuando Rivera pintó un mural en pleno edificio de la SEP, una joya de sutileza, titulado Quien quiera comer que trabaje. Ahí aparece Antonieta Rivas Mercado —mecenas, promotora cultural y una de las grandes impulsoras del Teatro Ulises y del grupo de Los Contemporáneos— convertida en una especie de trabajadora forzada con escoba en mano. Muy cerca, una figura con orejas de burro que muchos identifican como Salvador Novo, el escritor más ácido del grupo, como si Rivera quisiera dejar constancia mural de que nada le irritaba más que su irreverencia cosmopolita.

Mientras estridentistas como Manuel Maples Arce proclamaban consignas vanguardistas, pero insertas en la retórica revolucionaria, Novo y sus compañeros exploraban la intimidad, el deseo y la ambigüedad psicológica. Su dandismo era una herramienta política de distinción y resistencia. Lo mexicano auténtico solía imaginarse con un espíritu bronco y conquistas sexuales —una especie de guion patriarcal disfrazado de identidad nacional—, y Novo era la piedra en el zapato. Más que una afrenta a la patria, aquello se leía —para sus críticos— como una transgresión doble: desafiar la masculinidad hegemónica y también el libreto cultural que dictaba una sola manera legítima de ser mexicano. Octavio Paz, citado por Villena, lo resumió con precisión: Novo tenía un talento singular para dejar a todos fuera de lugar, no porque obedeciera a una estrategia minuciosa, sino porque intuía algo simple y profundamente incómodo, es decir, que ninguna identidad —ni la nacional, ni la sexual, ni la literaria— soporta ser encerrada en las casillas que otros delinean con brocha gruesa, ya sea desde un mural, un manifiesto o la moral de turno.

Ausencia de un marco “gay” y la rigidez de los roles de género

Es crucial entender que en la época de Novo no existía una identidad “homosexual” o “gay” consolidada como la concebimos hoy, con su bagaje teórico y político; las prácticas homoeróticas existían, pero se conceptualizaban a través de prismas médicos —la inversión, la degeneración— o morales —el pecado nefando, el vicio—. Lo que sí existía de manera rígida era el código de género: la clara distinción social entre lo que un hombre y una mujer podían ser, hacer y desear.

La transgresión de Novo no radica en declarar una identidad, sino en manipular estos códigos desde dentro de la literatura. Como apunta Carlos Mario Mejía Suárez (2016), la visibilidad del deseo homosexual en Novo se da a menudo a través de la atenuación, el cifrado y la ironía. Su personaje poético no se declara “homosexual”, pero sí se sitúa en una posición tradicionalmente femenina dentro del discurso amoroso: la del amante que suplica, espera y es poseído por la mirada del amado. Esta inversión de roles es uno de sus actos transgresores más potentes. No había un lenguaje para ser “gay”, pero sí había un lenguaje para expresar el deseo y el amor. Novo toma ese lenguaje —el soneto petrarquista— y lo contorsiona para que albergue una experiencia prohibida.

Viviane Mahieux (2008) caracteriza la labor de Novo como “cronista callejero”, una figura que performa su mirada sobre la ciudad. Esta misma actitud se traslada a su poesía: es un flâneur que observa y desea el cuerpo masculino desde una posición de joteo intelectualizado. Este término, rescatado del habla popular mexicana, define la actitud de su poesía erótica: un mirar deseante, a veces lascivo, otras veces romántico, pero siempre perspicaz y cargado de ironía.

Análisis de los sonetos: erotismo, escándalo y torsión lingüística

El soneto “VIII” es un magistral ejercicio de inversión de roles. El vocativo “dueño mío” coloca al hablante en una posición de subordinación y entrega propios de la amada petrarquista. La sintaxis es elaborada, casi barroca, llena de hipérbatos “Yo te escribiera a diario… / si no temiera…” que reflejan la tortuosidad del deseo y el temor a la revelación. El lenguaje es elevado, propio del petrarquismo más convencional, pero el objeto de ese lenguaje es transgresor: el deseo homosexual.

VIII

Yo te escribiera a diario, dueño mío: 

fatigara tus ojos con mi anhelo: 

diera al papel las tintas de mi duelo 

y al sol la angustia de mi lecho frío. 

Pero, ¿cómo plasmar mi desvarío

con palabras escritas en el hielo

deste común hablar, luz de mi cielo, 

deste lenguaje pródigo y vacío? 

¿Cómo mi muda voz expresaría

todo el amor, en lágrimas deshecho

que riega en aguardarte mi agonía? 

Grite tu corazón, con el estrecho 

mensaje de su voz, la vida mía

en la dorada cárcel de tu pecho.

(Novo, La estatua de sal, pp. 197)

El escándalo no reside en lo explícito, sino en la apropiación de un discurso de devoción amorosa para un amado masculino. El poema opera por sustitución: utiliza todas las convenciones del amor cortés, pero altera el género del objeto de deseo, desestabilizando toda la estructura. Como indica Luis Antonio de Villena (1994), Novo “sabe que el escándalo mayor no es decir, sino insinuar desde la más perfecta y tradicional forma”.

En cambio, en el soneto Pienso, mi amor, en ti todas las horas lleva la transgresión un paso más allá, hacia el antiacademicismo y la sátira. Comienza con un tono elevado y romántico “Pienso, mi amor, en ti todas las horas”, pero culmina en una caída cómica y escatológica en el último verso: “porque hace una semana que no cojo”.

X

Pienso, mi amor; en ti todas las horas

del insomnio tenaz en que me abraso;

quiero tus ojos, busco tu regazo

y escucho tus palabras seductoras.

Digo tu nombre en sílabas sonoras,

oigo el marcial acento de tu paso,

te abro mi pecho —y el falaz abrazo

humedece en mis ojos las auroras.

Está mi lecho lánguido y sombrío

porque me faltas tú, sol de mi antojo,

ángel por cuyo beso desvarío.

Miro la vida con mortal enojo;

y todo esto me pasa, dueño mío,

porque hace una semana que no cojo.

(pp. 198)

La estructura sintáctica es crucial: los trece versos primeros construyen una expectativa de solemnidad. El encabalgamiento entre el segundo cuarteto y el primer terceto crea una tensión que se resuelve brutalmente con la vulgaridad del final. Esta ruptura es un acto de joteo literario: rebaja lo sublime a lo corporal, lo espiritual a lo sexual. Es una ironía devastadora dirigida tanto hacia las convenciones del petrarquismo (que idealiza el amor) como hacia la mojigatería de su sociedad (que niega el sexo).

La palabra “cojo” es un pequeño artefacto explosivo: la lees y ¡boom!, se desmorona cualquier intento de ponerse solemne. Novo no sólo deja caer un guiño de deseo —sí, de ese deseo—, sino que lo hace sin disfrazarlo con metáforas cursis ni lirismos de postal. Nada de “piel de luna” ni “susurros del alma”; aquí el poeta baja al mundo real, terrenal, sudoroso, y de paso nos recuerda que el lenguaje poético, tan elegante él, a veces sirve menos para hablar del cuerpo que una frase directa y sin anestesia.

Su rescate del soneto es profundamente irónico: toma la forma por excelencia del amor petrarquista —idealizador, heterosexual, espiritual— y la convierte en el vehículo de un erotismo corporal, homosexual y antirromántico. Las “intenciones” del soneto petrarquista (alabar la belleza inalcanzable de la dama) son sustituidas por la expresión de un deseo físico inmediato y frustrado: “porque hace una semana que no cojo”. Esta es la culminación de su antiacademicismo: usar la forma más académica para dinamitar sus cimientos.

Los sonetos analizados son mucho más que poemas escandalosos; son actos de resistencia cultural que emplean el joteo, la ironía y el dandismo como estrategias discursivas para abrir un espacio de expresión para un deseo marginado. Frente al machismo y al nacionalismo revolucionario, Novo opone una poética de la feminidad performativa y una inteligencia mordaz. Frente a la ausencia de un marco teórico homosexual, manipula con genius los rígidos códigos de género existentes desde dentro de las formas literarias canónicas.

Al contorsionar el soneto petrarquista con un final vulgar (antiacademicismo) o invertir sus roles de género con elegancia, Novo no sólo expresa erotismo, sino que lleva a cabo una crítica radical al lenguaje mismo y a las estructuras de poder que este sustenta. Su obra demuestra que la disidencia sexual y la transgresión literaria van de la mano, y que el cuerpo, en toda su crudeza y deseo, siempre termina por imponerse en las palabras, desafiando todas las ortodoxias.

Bibliografía

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