Ser trans se siente como hacer collage

Ser trans se siente como hacer collage

but I was built from special pieces that I’ve learned how to unscrew

and I can always reassemble to fit perfectly in you

–Lonely Is The Muse, Halsey

Últimamente he pensado que ser trans se siente como hacer collage. Mi amiga Mich, hablando de un libro que significa mucho para ella, me dijo: “siento como si hubiera estado rascando en busca de algo, y al fin lo encontré”. Ser trans es seguir rascando y seguir encontrando; hacer collage, también. Los jueves en la noche me gusta sentarme en mi cama con revistas, libros y papeles viejos; tomo un montón de cosas que me gustan: fotografías, palabras, colores y stickers, y las acomodo hasta que, en conjunto, parecen adquirir una forma unitaria y consistente. Sostengo el montón de cosas de las que estoy hecho: mis manos, mis pasos, mis deseos, mis órganos, mis nombres, piezas que no tengo pero que me gustaría tener (mandíbula firme, alas en la espalda, pecho más plano, orejas de borrego, manos gruesas), un delineador, un vestido, un pantalón, una equis. Y las reacomodo como bloques, una y otra vez, hasta que cobran sentido y cohesión, como un collage, como una identidad, como un cuerpo propio.

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Me gusta mucho una frase que ha surgido a partir de las experiencias trans: “el género es un espectro.” La escucho resonar dentro de mis cavidades porque yo también lo soy. Puedo atravesar las puertas y a las personas de la misma manera en que mi género las atraviesa, igual que todas las cosas, me atraviesan y me entintan. “¿Dónde empiezo y dónde termino?” pregunta Sheldrake (2020) en su libro sobre micología, al hablar de los hongos que se entrelazan con las células en las raíces de algunas plantas. Ser trans es entrelazarse con elementos que parecían ser externos, y después de reordenarme, yo también me lo pregunto: ¿Cuáles son los bordes del mundo? Todos nuestros conceptos están trazados con tiza. “¿Vos también sos de tiza?” (Cortázar, 1963) pregunta Oliveira después de que la lluvia se lleva un dibujo hecho con gis en el pavimento. La tiza se borra tan fácil, casi sin querer, y deja todo manchado: si pasas el dorso de tu mano sobre la línea de tiza que traza las categorías de “hombre” y “mujer” de repente todo es mujer y todo es hombre y todo es la línea divisoria. Si pasas el dorso de tu mano sobre la línea de tiza que traza tu silueta contra el mundo, de repente todo eres tú y todo es el mundo, y todo es la piel que debería separarte de él.

Eso también es hacer collage: pegar una imagen encima de otra y deshacer y replantear sus bordes, convertir un “todo” en sólo una parte de algo más, modificar y dejarse modificar. Capas, recortes, colores. Cuando recortas una imagen, sus bordes dejan de estar fijos: son parte de una figura, son parte de otra, cambian de forma y lugar. ¿Cuál es su límite? Ser trans es hacer collage porque ser trans es un verbo plástico y activo: es hacer cosas con las manos dentro y fuera de mi mente, dentro y fuera de mi cuerpo, dentro y fuera de mis límites —inexistentes desde que desapareció la categoría de género—.

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La verdad, siempre había querido ser un chico para poder hacer todas las cosas que se consideran típicamente femeninas: ponerme vestidos, maquillarme, pintarme las uñas. Durante mi adolescencia estas actividades me repelían porque no tenía el cuerpo con el que quería hacerlas. Cuando era niñx no sabía que era posible ser trans, ni ser un chico; sólo pensaba: ojalá hubiera sido niño, pero ni modos; ojalá fuera un chico para poder pintarme las uñas y ser un chico que se pinta las uñas; ojalá ser un chico que parece una chica. Me da calma saber que fue un deseo latente toda mi vida. Cuando era niñx aprendí a hacer collages. Mi mamá me decía: “no se trata de que lo pegues todo en orden ni separado, al contrario, encima los recortes, deja que se tapen entre sí”. Recuerdo un collage que hice con figuras de princesas sobre un cartón y un marco corrugado fucsia. Mi mamá me enseñó a ponerle una capa de Resistol a las manualidades cuando las había terminado, para que brillaran.

Yo empecé así: desensamblé mi nombre. Escarbando en pedazos de mi infancia recordé y recorté el eco mágico que era Erinci, y escarbando en mi carrera encontré esta criatura mítica que eran Erinias, las recorté y las pegué a mí. Tal vez ese es el título de todos los collages que he hecho desde entonces, porque ser trans es ser sujeto y objeto, es hacer collage y es ser collage. Es parecido a comprar stickers para encimarlos en libretas y botellas de agua, y guardarlos en sobres, álbumes y cajas. Mi computadora tiene tantos stickers que algunos ya ni siquiera se ven. Una amiga le tomó una foto y la subió en una historia con el texto “el mundo de erin”. Tal vez me gusta más ese título para mi collage. Sujeto todas las veces que mis amigues me llaman por mi nombre y las pego en las paredes de mi corazón, como Resistol, que une y le da brillo a todo.

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Vemos, entonces, cómo los momentos sucesivos, presionados uno contra otro, pueden presentar la apariencia de un ser continuo, igual que las imágenes inmóviles de una película presentan la apariencia de vida y movimiento cuando se secuencian lo suficientemente rápido ante los espectadores.

–Dionysus and the Violent Genesis of the Sacred, RenéGirard

Ser trans es hacer collage. De hecho, cualquier forma de creación es ser trans. Mi experiencia personal es hacer collage, pero cuando escribes, también mueves las palabras de lugar, las malabareas hasta que le dan sentido y forma a lo que traes dentro. Ser trans es algo plástico; es un verbo y un cuerpo que activas con las manos.

El año pasado vi una película preciosa, que sigue la recolección y (re)construcción de una identidad trans en la infancia. 20 000 especies de abejas (2023). Cuando salí del cine anoté: amé la manera en que Lucía explora y construye su identidad recolectando elementos tanto conceptuales como plásticos de diferentes áreas de su vida: su nombre, su vinculación con la religión, su relación con otras personas. Me pareció un retrato muy orgánico y completo de la experiencia trans.

Ser trans es ser un cuadro uni-plural que contiene, capa a capa, todas las personas y todos los collages que he sido.

Hace un año empecé un collage con fotografías de personajes que me provocan euforia de género: David Bowie, Miguel Bosé, Omar Rudberg, Pomme, Conan Gray, Howl Pendragon. Quedó incompleto porque yo tampoco he terminado de darme forma. Dar cuerpo a ese collage cada día es lo que es ser trans para mí. Es hacer un collage con mis recuerdos, con mi cuerpo y con mis sensaciones. Es pensar esto también es mi género, esto también es parte de mí cuando me enamoro, cuando veo el sol y siento sus rayos en mi piel. Y entonces el rayo de sol ya no es sólo un rayo de sol, mi piel ya no es sólo mi piel, mi amor ya no es sólo mi amor. Ser trans es desensamblarse y reconstruirse pegando, cuidadosa o descuidadamente, partes que no estaban en mí la primera vez. Sigo escarbando y sigo encontrando porque con cada collage me acerco más a quien siento que soy.

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please don’t leave, don’t leave me in a shape you loved me,

just leave me in the place you found me safe and soundly

—1121, Halsey

Es peligroso, también, vivir en la idea de que ser trans es hacer collage. Al no tener un orden fijo, te desordenas y reordenas constantemente; tu inicio es también un final y ninguno de los dos porque no hay una línea que atraviese cada parte sólo de un lado. Eres collage también en el momento en que acabas de recortar todo y dudas de si esas imágenes, colores y paisajes van juntos, y no tienes idea de cómo los vas a acomodar. Es ser también cuando no eres, cuando estás a medio camino de ser, y es ser siempre a medio camino. Es peligroso porque a veces conoces a alguien y tienes ganas de enamorarte y de que sea fácil; tienes todas tus piezas en la mano y parece tan sencillo reestructurarte en la persona que se suponía que eras. Parece tan sencillo acomodar las piezas en una silueta definida como hombre o mujer, una silueta en la que parezcas completo, en orden y estable a ojos de les demás; poner tu corazón donde los diagramas dicen que va el corazón y tomar tu sexo y ponerlo en la caja donde te dijeron que va tu sexo.

Y lo he hecho, he conocido a un chico que parecía perfecto y he deseado tanto que las estrellas en sus ojos estuvieran dirigidas a mí que intenté contorsionarme hasta embonar de nuevo en lo que fui. Después de un par de años de hacer collage conmigo mismo y declararme trans, arrugué mis orillas todo lo que pude hasta sentir que era una persona fácil de definir y comprender, una persona fácil de clasificar y fácil de amar. Pero, por mucho que me contorsione para que alguien me quiera, siento más que nunca todas las fisuras entre los pedazos que me conforman, porque no embonan: los amontono dentro de la silueta de mi cuerpo que sé que parece el de una chica, y no embonan.

Algunas personas me miran con ojos de vidrio; siento que no pueden ver más que una de mis capas a la vez. Contemplan mi contorno como si fuera un agujero recortado del mundo, y a partir de eso deducen quién soy, qué soy, cómo soy. Miran de las líneas de mi cuerpo hacia fuera, porque para elles lo de adentro ya no tiene sentido. Cuando pronuncian mi nombre, desaparece la euforia, el ancla y el brillo que me provoca escuchar a unx amigx llamarme Erin, y se convierte en un vacío enorme en el que se supone que estoy yo. Siento náuseas porque mis órganos se encuentran en otro lado. Entonces siento que ser trans es someterse a ser percibidx de manera fragmentada, nunca como un todo. Y quiero gritar: sí, moví todo de lugar, pero sigo teniendo sentido, no arruiné nada. Pero sólo pienso en otra cosa mientras dejo que hablen con el cuerpo que está fuera de mí. Después de un rato, yo mismo siento que sólo lo de afuera tiene sentido. Percibo el mundo de mi piel hacia fuera y todo lo que está dentro de mí vuelve a parecerme extraño. Mientras más posan su mirada en mi exterior en un intento de fijarme, más me desenfoco en sus ojos y en los míos, y un eje dentro de mi pecho se va desequilibrando.

Por mucho que odie esa disforia, la conciencia de esta capacidad de hacerme encajar en el molde del que me salí es un impulso que me persigue cada vez que conozco a alguien. Me siento vulnerable a ser percibidx como les demás quieren, porque a veces decir: puedo ser muchas cosas, no sólo un chico o una chica, es el temor a que escuchen: si quieres un chico seré un chico, pero si es demasiado complicado para ti, no pasa nada, seguiré siendo una chica; y siento el viento correr entre las piezas que me conforman. No puedo ver las dos cosas al mismo tiempo: el mundo de elles en el que necesito estar para que me vean, y el mundo que me habita, que a ratos nadie más parece ver. Si el costo de sentir que amarme es fácil es sentir que ser quien soy es difícil, no tiene sentido hacerlo.

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Todes somos un continuo de personas en el tiempo. Pero es diferente experimentar un género alineado con la estructura del mundo que salirse del género y de la estructura del mundo e intentar crear y definir una identidad, un espacio, una existencia desde cero para unx mismx; con tal de después intentar seguir existiendo en el mismo mundo que ves desde afuera. No puedo fingir que el mundo tiene sentido de nuevo porque no es así.

Desarmarse es también diseccionar el mundo en partes y jugar con ellas, reacomodarlo hasta que tenga un poco de sentido. Más que porque no tuviera sentido antes, simplemente porque esa estructura del mundo ya no es. Ya tomé una vez las tijeras y me di cuenta de que las cosas no tienen un solo acomodo. Nada está fijo; las estrellas y los peces y los cuerpos pueden tener otras formas, otros nombres y otros lugares para funcionar. Ser trans es hacer del mundo collage, malabar, bola de cristal, torre de Jenga y caleidoscopio.

A veces temo que, desde afuera, el llamarme Erin y usar pronombres masculinos es el inicio y fin de quien soy, aunque también soy trans cuando camino, soy trans cuando miro el cielo, soy trans cuando llueve, soy trans cuando odio mi cuerpo, soy trans cuando no soporto la discordancia entre el mundo que me rodea y el mundo que me llena. Soy trans cuando amo.

Ser trans es aprender a reconstruirse después del temblor interno de la disforia, de la agitación de las miradas perdidas de les demás, de la disonancia constante entre tu lugar en tu cuerpo y tu lugar en el mundo.

Sheldrake, en el epílogo de su libro, menciona lo necesaria que es la capacidad de descomposición de los hongos para abrir paso a sus capacidades de construcción: putrefacción, nutrientes sueltos, flor y fruto. Ser trans es agitación constante: la del desastre, sí, pero también la del movimiento que significa estar vivx.

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Siempre me habita el deseo de que amarme sea fácil, sólo quiero no tener que ser una persona específica para que ese amor sea posible. A veces tengo un deseo de resguardarme del mundo, volverme diminuto,y ocultarme en un cajón. A ese deseo siempre le sigue uno de cercanía e intimidad, domesticidad. Quiero resguardarme en un cuerpo bien conocido, en tu piel bien iluminada, quiero la seguridad de un abrazo que sea mi propio mundo. Quiero desensamblarme y reconstruirme. Porque lo necesito para ser quien soy, sí, pero también porque quiero tener una forma que haya brotado de mis manos, y también porque quiero aprender a construir mundos. Quiero amasar un nuevo sol y ponerle tu nombre y hacerlo latir con el ritmo de tu corazón. Quiero dibujar una nueva especie, una criatura alada que necesite de luz para batir sus alas y la llamaré tus manos. Quiero tomar los ladrillos que construyen este mundo y reordenarlos para construir otro que tenga la forma de una casa. Quiero tomar los bloques que construyen este cuerpo y reordenarlos para armar otro que tenga la forma de los deseos en mi corazón.

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Sheldrake explica que los gusanos que devoran y descomponen las hojas en otoño son como seres diminutos con apetitos voraces (2020). Ser trans es tener un apetito voraz de ser, ser alguien más, volvernos lx otrx y en lx otrx ser unx mismx. Deshacerse para hacerle un espacio a todas las cosas que no podían ser nuestras con la piel y el papel que nos dijeron que teníamos que ocupar, tomarlas con nuestras manos, y crearnos recorte a recorte, órgano a órgano. Devorar todo lo que nos han dicho que está fuera de los límites de nuestro cuerpo, género y sexo, digerirlo hasta incorporarlo a nosotres. Aprender a usar nuestras manos todos los días, porque nuestras manos también son nuevas cada día: mis manos son estrellas, llave, navajas, espejo y escudo, flecha y peineta, pincel y garabato, piedra y cincel.

Hacer collage, porque siempre existe la posibilidad de materiales nuevos: pasteles al óleo más cremosos y maleables, revistas, delineadores neón, binder, un nuevo nombre. “Me compré una rasuradora y he decidido raparme”; un cuarto en renta con paredes blancas para pegar pósters de música y personas que me gustan, una nueva ciudad con horizontes que no están al alcance de mis ojos, un mundo de posibilidades; barniz de uñas color clavel, una conversación; tela para hacerte una bandera con tijeras, hilo y aguja con tus manos, un libro de poesía que encontraste por diez pesos y que te recuerda: “Eres higuera: remolino constante. La sierra que te sierra. Eres alumbre y eres almagre. Eres cuarzo en la cornisa. [...] Eres tu fractura. Eres tu bálsamo. [...] Eres urdimbre. Eres trama. Eres. Y no eres. Todas estas puertas. Esta casa” (Caballero Prado, 2008).

Los compositores hacen piezas de música. Pero estos eran descomponedores, deshacían trozos de vida. Nada podía ocurrir sin ellos. Esa idea sí que me fue útil. Era como si se me hubiera mostrado cómo retroceder, cómo pensar al revés. Ahora había flechas que apuntaban en ambas direcciones a la vez. Los compositores hacen; los descomponedores deshacen. Y si estos no deshacen nada, los compositores no tienen nada con lo que hacer. Con esta reflexión empecé a entender el mundo de otra manera. [...] Puede que los hongos hagan setas, pero primero deben deshacer algo más. [...] Los hongos hacen mundos; pero también los deshacen.

—La red oculta de la vida, Merlin Sheldrake

Bibliografía

Caballero Prado, A. (2008) Todas esas puertas. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Cortázar, J. (1963) Rayuela. Alfaguara.

Mateos, P. (1994) La casa imaginaria. Fondo de Cultura Económica.

Sheldrake, M. (2020) La red oculta de la vida. GeoPlaneta.