Soy yo
Hermoso, lento, lleno de placer e infinito en sensaciones; nunca se sintió nada igual.
Cuando no estaban gozando el uno del otro, sus miradas se perseguían, sin reparar en el mundo a su alrededor. Era como si la vida de uno dependiera de la de su amado.
Nunca solos, jamás acompañados. Así era la vida de los más grandes amantes que hayan existido en la memoria del mundo.
Su día a día consistía en buscar la felicidad del otro: despertaban para encontrar las palabras de aquella persona por quien sentían adoración, se arreglaban deseando brindar placer a la persona que los hacía sentir amados, compraban comida que le encantaba a su felicidad, salían pronto de su casa para encontrarse al fin; pasaban todo el día juntos.
No había lugar para la tristeza, mucho menos para la soledad. Cada día, hora o segundo era como su primer y último momento juntos. Hasta el último roce de sus labios…
El mundo a su alrededor los observaba con repulsión. Los conocidos que pasaban les miraban con disgusto; despreciaban cómo sus manos nunca se separaban. Sus padres alcanzaban la desesperación al escuchar el nombre de quien no podían olvidar. Los transeúntes siempre criticaban la ropa que vestían para el placer de su persona amada. Hombres se extrañaban con su existencia. Mujeres les atormentaban. Sus amistades les abrazaban.
Nunca los aceptaron. Nadie los veía juntos. Jamás los querían.
Aquellas amistades eran un pequeño rayo de luz, pero todo brillo llegaba a apagarse. Felicidad que no podía crecer.
Odiaban la soledad más que cualquier cosa, pero la gente trataba de mostrarles que así era como se encontraban.
Era triste ver cómo nunca podían caminar juntos.
Se sentían terrible si no recibían una palabra de su media naranja.
Los padres, hermanos y toda su familia no les permitían sentir dicha alguna.
Conocían el dolor.
Solo eran amados por una persona.
Todo comenzó en esa última noche. Antes de acostarse abrazaban una foto de su ser querido y le susurraban todo su amor, mas, al entrar en la cama, debían esconderla bajo la almohada, junto a la otra. Nadie debía hallarlas; sabían lo que pasaría si eso ocurría.
En la mañana no había duda de que algo era diferente, sin embargo, ninguno fue capaz de saber qué era. Se apresuraron como todos los días y cumplieron con sus costumbres diarias. Salieron a la escuela esperando cruzarse en el camino, pero no fueron capaces de encontrar a quien buscaban.
Finalmente estaban solos.
Los dos sufrían, buscándose, mientras su alegría se escapaba.
Gritaban sus nombres con todas sus fuerzas. Buscaban a su alma gemela hasta el borde de la desesperación.
Se detuvieron al escuchar una conversación lejana. Prestaron atención durante su desesperanza y escucharon a la par que buscaban. Era un tema prohibido en casa, la escuela y la sociedad. Escucharon con más atención, hasta el punto en que casi olvidaron intentar localizar al otro.
Logré abrir los ojos.
Sentí sus labios en mis mejillas.
Por fin entendimos: no eran dos, somos uno.