Una más de mil noches
Apenas estaciona el auto, se me tira encima, intenta besarme. Finjo disfrutar, porque es lo que me paga por hacer, pero lo esquivo. Su lengua es pura ansiedad. Sus manos me desabrochan la camisa, buscan mis pezones y los estimulan hasta que están turgentes. Antes de bajar del auto, y casi sin tiempo para que me acomode la ropa, decide que quiere morderlos y besarlos un poco. Aprovecho ese momento para clavarme la pasti, alojarla entre la encía y el labio, y esperar a que se disuelva suavemente. Es la única forma que conozco de soportar a Horacio, el de los lunes a las 8:30, una más de mil noches, por 200 dólares a la semana.
El éxtasis me pega el subidón cuando llegamos a la recepción del hotel. El mundo a mi alrededor suaviza sus esquinas puntiagudas, la luz sube de tono y llega incluso a alcanzar un tinte rosa que me hace sonreír. Para evitar que se me note lo volado, me concentro en un punto fijo; miro como ausente los cordones de mis zapatillas. Sé que los tengo atados, pero cada vez que pestañeo, me parece que se aflojan, se sueltan. Camino despacio, por si las dudas.
Horacio me deja jugar con los botones que hay al lado de la cama. Bajo el volumen de la radio porque sé que le gusta oírme gemir. Combino luces y creo en la habitación mi propio diagrama de zonas claroscuras, contrastantes, que ocultan un poco de la atmósfera deprimente. Mientras, él se saca la ropa y me observa; es su forma de calentarse. Me posee primero con la vista y, después, cuando se convence de que soy suyo, avanza con el cuerpo entero sobre el mío.
Me siento desnudo aun cuando tengo un bóxer y unas medias blancas subidas hasta la rodilla. Es una sensación de desamparo que me toma cuando encaro el momento de trabajo. Respiro hondo un par de veces y me envuelvo entre las sábanas con Horacio, que me muerde el hombro y me saca un respingo, mitad sorpresa y mitad asquito, que él confunde con un suave gemido virginal. Eso lo envalentona, el Viagra está en su pico de efecto y la dureza, la turgencia, parece que hoy no va a fallar.
Miro al techo espejado y me hundo en la fantasía. Mientras el que paga lame y chupa, yo me desdoblo mirando a estos otros cuerpos que me observan en diferentes ángulos: ¿cuál seré yo?, ¿dónde estoy realmente? Quizás en todos lados, porque un poco disfruto cuando Horacio me levanta las manos por encima de la cabeza y me toma fuerte de las muñecas. Aprieta mi cuello lo suficiente como para preocuparme, pero no tanto como para sentir la tentación de pedirle que siga y no pare hasta terminar.
La pasti me trae una euforia inesperada y me ayuda con la tarea de respirar y soportar el empujón de un cuerpo contra mi pelvis. Hay algo de maestro yogui en el arte de comandar al organismo para que dilate y exponga sus pliegues a voluntad. Tiempo, costo, beneficio: cuanto más rápido, mejor. El tipo pesa más que yo, mide más que yo, y está determinado a hundirse en el fondo de mi ser con toda su masculinidad. Oponer cualquier tipo de resistencia es, además de contraproducente, bastante estúpido.
Para evitar el impulso de decir “no, basta”, me ensimismo un ratito mientras disparo a cuentagotas los gemidos y las afirmaciones que a él tanto le gustan. También los sobrenombres que lo ponen excitado. Trato de no generar un patrón repetitivo que delate mi hastío. Mi reputación, mi pasar económico, y hasta mi bienestar, a veces dependen de ser creíble al extremo. No sólo vendo mi cuerpo, también regalo fantasías.
Así que, para traer un calor cachondo a mis vísceras y rescatar un poco de gozo en este empuje-afloje tan maquinal, aprovecho mi sensación de voladura para imaginar que la habitación se llena de otros cuerpos; una orgía transparente. Dos, tres, cinco, diez; los imagino amontonándose a mi alrededor, subiendo a la cama, buscando mis zonas erógenas, estimulándome por todos los lados posibles y llenando con su calor las partes que Horacio deja heladas.
Entonces sí soy puro gozo y, en cuatro patas, me desbordo de placer, de mi propio placer que jamás voy a compartir con nadie. El colchón de plástico cruje, Horacio rebuzna y escupe, acelera su respiración y sé que estamos a punto de llegar a la meta. Muerdo la almohada, dejo salir un grito que lo envalentona y siento cómo se va entero, ojos abiertos, venas rojas e hinchadas, sudor que chorrea a borbotones desde la frente hasta el pecho peludo.
Sin embargo, algo está mal. Su clímax eufórico está en mute. Inhalación sin exhalación. Un rictus fijo en la nada. Súbita inmovilidad. Preocupación.
Tiemblo, pero no me quiero mover. Estoy en cuatro patas, abotonado a un cuerpo, pegado a un tipo que no reacciona, que quizás ya no está ahí. Me llueve hielo de adentro para afuera. No sé qué hacer, no quiero mirar por encima de mi hombro. Cuento los segundos: uno, dos, tres. Pierdo la cuenta.
De golpe, retoma la regularidad. Latido en el pecho, gemido gutural, flacidez, soltura. Vuelve en sí y yo caigo hacia delante, me acurruco tembloroso, abrazado a la almohada. Horacio confunde mi reacción con placer y me colma de besos y caricias.
Salimos de nuevo a la calle. Horacio, una fuente de palabras que no paran, dice que hoy fue un encuentro especial y que espera con ansias el próximo. Hay hasta un repulsivo dejo de romance en su tono de voz. No sabe de la ansiedad filosa que dejó marcas de dientes por debajo de mi piel.
Esquivo su mirada mientras me da el dinero convenido. Miro al piso, me concentro en un punto fijo; miro como ausente los cordones de mis zapatillas. Ahora sí están desatados.