Concepciones y estereotipos: la toxicidad del mundo gay

Concepciones y estereotipos: la toxicidad del mundo gay

Y ser maricón, además, es de todo menos permanente,

eterno, inmutable: es una identidad en constante movimiento,

en constante adaptación

—Christo Casas, Maricas Malas (2023)

Introducción: En un mundo que esparce violencia, el cuerpo se acopla

Es complicado evitar la generalización de la experiencia de una comunidad —si es que todavía puede llamarse así, frente a sus constantes conflictos y contradicciones internas—, cuando casi todos sus integrantes atraviesan lo mismo: son considerados reemplazables, no merecedores de respeto o dignidad ni por terceros ni por sus pares. La necesidad de acoplarse a la masa, de convertirse en uno más, de actuar como el resto para camuflar lo disidente, son cuestiones delicadas de las que todos somos tanto víctimas como victimarios.

Más allá del brillo, los colores y el discurso de hermandad —construido gracias a la valentía, lucha y coraje de individuos que reclamaron su lugar en la sociedad, y que hoy nos hacen contar con una infinidad de puertas abiertas—, existen capas que tienden a esconderse. Hay una realidad enterrada por cuestiones de imagen, de “hacerse apetecible, digerible al que desconoce lo que se vive en la oscuridad, en el sudor”, tal como ilustra Fuguet.

En conversación con Emilse Pizarro, Camila Sosa Villada, escritora y actriz cordobesa —a quién pienso citar con la mayor admiración y respeto que le tengo, separando las vidas y las historias que hay de por medio—, expresa que en la palabra “travesti” se esconden “crímenes, insultos, semen, sangre, silencio, soledad, hambre, intemperie”; esa es la otra cara de la moneda, el “lado B” que permanece resguardado entre susurros, una parte de lo que contienen las “maricas malas”, haciendo alusión a Christo Casas.

Ese espacio (y enumeración) en el que conviven la noche con los cuerpos de extraños, los secretos con amantes sin identidad, es donde se corrompe la imagen de bondad que las grandes empresas quieren mostrar; lo que nosotros elegimos reflejar en nuestros rostros, en nuestras redes sociales y en nuestro entorno, sabiendo lo que nunca saldrá del otro lado del telón.

El lenguaje cosificante y clasificador

Las etiquetas se han utilizado para facilitar la categorización de objetos e individuos dentro de la comunidad. Términos como twink, twunk, bear, silver fox, otter, jock, chubby, hunk —algunos de los que desconocía su existencia—, con el tiempo han perdido su significado original para tornarse hacia lo peyorativo; de ahí que sea importante generar la discusión sobre los daños internos que optamos por mantener. 

Por ejemplo, desde inicios del siglo XX hasta los años ochenta, el término chicken —”pollo” en español— aludía a un muchacho atractivo, quien destacaba por su juventud e inocencia. En la siguiente década, su uso disminuyó y se optó por reemplazar la expresión con twink, haciendo un juego de palabras con el famoso postre estadounidense twinkie —un pastel relleno de crema—, e ilustrando de forma metafórica el deseo de otros hombres por “rellenar” a estos jovencitos. Así, manteniendo el significado, pero resaltando los aspectos de jovialidad y figura, el nuevo slang se volvió un condicionamiento en cuanto a expresión de género y sexualidad para aquellos que eran nombrados como tal (Vytniorgu 2023: 1606).

En cambio, hoy, lo que realmente vale al ser un twink es pertenecer, venderte con el cuerpo, convertirte en un producto de carne, confundir la promiscuidad con valoración, con aprobación del ajeno; es adentrarse a un sistema que te evalúa por lo que se ve a primera vista.

En un artículo de Substack, Troye Sivan, reconocido popstar sudáfricano, se abrió acerca de los problemas que tuvo en algún punto con su imagen y la opinión que un cirujano le dió sobre los cambios que debería hacerse en su rostro. En ese mismo artículo mencionó su inconformidad con respecto a ser considerado, desde hace años, como el principal referente de los twinks ya que, hoy en día, él no se percibe como tal.

La narrativa social alrededor de estos términos —creada tanto por terceros como por integrantes de la comunidad— es tajante, cruda, e incluso puede llegar a causar una presión íntima de querer entrar en esa clase, de ser siempre parte de ella, en todo momento y sin importar la edad. La influencia es tal que la posibilidad de padecer desórdenes alimenticios es más frecuente en hombres homosexuales que heterosexuales, especialmente si se trata de twinks, bears o jocks (Fogarty 2022: 126). Esto sucede por el objetivo de aumentar la musculatura —bautizado en inglés como “muscularity-oriented disordered eating” o por sus siglas MODE—, de conseguir ser más atractivo en vez de más fuerte mientras se atiende a las solicitudes de terceros para mantenerse joven (Zhu 2025: 1).

Así, el lenguaje se vuelve arma y ayuda a profundizar nuestra cosificación: permanente, inconsciente y normalizada. Nuestro valor ya no se basa en la personalidad o gustos que nos han formado como seres pensantes y únicos, sino en nuestra figura, la manera en la que el resto cree que debemos ser, como mejor entramos en determinada categoría: flacos o no; sin pelos o con ellos; altos o bajos, y así podríamos seguir horas. No nos ven como somos porque están cegados por sus concepciones. Y nunca conseguiremos alcanzar esas idealizaciones, si siquiera acercarnos a ellas, es imposible.

El punto anterior desencadena una consecuencia obvia y poderosa: el auge de la hegemonía del estereotipo como preferencia. Si no podemos desviarnos unos centímetros del molde que nos han asignado, menos lo podrán hacer los rollos que cuelgan del costado de nuestros torsos. Es entonces cuando llega el momento de obligarse a encajar.

La hegemonía como premio y objetivo único

Un estudio hecho por la división de adolescence medicine del Children’s Hospital of Philadelphia en jóvenes gays, o con parejas del mismo sexo, demuestra que estos son más propensos a tener hábitos de desorden alimenticio. Además, es más probable que se perciban con sobrepeso cuando en realidad poseen uno saludable. Otro análisis relacionado a la satisfacción de la imagen personal concluyó en que el 42% de la muestra total de hombres homosexuales se ven inconformes con su cuerpo y que, a su vez, tienden a sufrir este tipo sensaciones mucho más que los hombres heterosexuales, confirmando la hipótesis inicial (Peplau 2008: 713-725) y lo antes mencionado.

De esta manera es que, irónicamente, se aprende que la única forma para sobrevivir —o de gustar al ojo del par— es muriéndose de hambre, matándose en el gimnasio, haciendo todo para que lo vean, para que le den una oportunidad que ni sí mismo se daría. Y es eso lo que a veces lleva a perderse y caer por un sistema que nunca los quiso, nunca nos quiso. Se nos incita a volvernos más “hombres”, más “machos”, más serios y frívolos, menos distinguibles entre la multitud, porque, sin darnos cuenta, ya nos han amoldado a ser uno más del montón, uno más de ellos. Así, como por arte magia, somos integrantes de un engranaje que se tomó el tiempo de volvernos “anormales” y padecerlo.

La promiscuidad, el único valor moral

Más allá de comentarios con doble sentido y metáforas que se refugian en la poética, este conjunto de factores sociales, morales y de identidad, han desencadenado que el único y verdadero sentido de existencia, sea eso visible en nuestra piel, como si atada a ella existiera una etiqueta con un precio, detallando su material, uso, durabilidad y calidad. Frente a ello, se vuelve sensato pensar que, quizás, hemos aprendido de manera autónoma a mostrarnos con recurrencia, a estar ligeros de ropa para que se vean los músculos o el bulto. Y todo, por supuesto, sin pudor. Sin embargo, la historia nos enseña que no siempre fue así.

En sus orígenes, la idea de “promiscuidad” era utilizada para referirse a una “mezcla indiscriminada” y “confusión”, hasta que a mitades del siglo XIX se añadió a su significado una connotación sexual. Más adelante, tras la llegada de la epidemia del SIDA, su aparición en el habla coloquial aumentó exponencialmente; su connotación entonces también buscaba representar el estilo de vida gay. En consecuencia, pensadores como Douglas Crimp sostuvieron que la crisis no debía ser un obstáculo para la liberación, sino que debería desarrollarse con los cuidados correspondientes (Aunspach 2015: 53).

En la era digital, nuestro comportamiento y afán por el roce no es casualidad, no ha desaparecido, sino que se ha transformado: un fanatismo de décadas se hace lugar en el mundo tecnológico. El impulso ahora está en la pantalla, la cual nos pide que usemos aplicaciones como Grindr, o Scruff —o lo que sea que esté de moda— porque, en caso de no seguir sus pedidos, nos quedamos afuera, desconociendo lo que representa esa ansiedad, esa adrenalina que genera otro cuerpo, otra aprobación más en la lista; el secreto detrás del algoritmo.

La violencia no es sólo interna

En una entrevista para el programa Al cielo con ella, dirigido por Henar Álvarez, Samantha Hudson realiza una reflexión acerca de la posición que las mujeres deberían tomar ante las presiones sociales que las atosigan hoy en día: 

Hay como una vinculación entre esa estética como modosita, sensata, me he maquillado, pero parece que no voy maquillada, el pelo así como que parece que me acabo de levantar, pero tiene un poco una intención […]. Y lo vinculaba a no ocupar espacio público, a no llamar la atención, a tener un aspecto homogéneo. Y yo creo que es algo que no ha de suceder. Tenemos que estar desquiciadas […]. Quiero ver a la gente haciendo de todo y expresándose porque es que si no, ¿para qué estamos en este mundo?

Si bien las distancias, adversidades y el abismo que separa las injusticias entre hombres y mujeres es amplio, las palabras de Hudson resuenan en mí. Hoy los gays volvemos a ser sujetos de caza; nos buscan, nos persiguen, nos pegan, nos sacan un diente, nos rompen la mandíbula por siempre haber querido pegarle a alguien como nosotros. Nos odian tanto que prefieren vernos muertos antes que caminando por la calle. Aunque creemos vivir en un mundo donde estas situaciones podrían parecer un poco extremas o distópicas, basta con preguntarle a la queen, quién fue golpeada y terminó con un diente menos al “canto” de “morite por puto;” o a Juan, quién, intentando defender a su amigo de un ataque homofóbico, escuchó cómo comentaban “déjamelo que siempre quise pegarle a uno de estos.”

El reloj sigue moviendo sus agujas, la violencia incrementa, y entre nosotros sólo nos juzgamos mientras el deseo del tercero es no vernos por ninguna parte, dispuesto a hacer cualquier cosa para que eso se convierta en una realidad.

Ocupar el espacio, retomar la narrativa

Las palabras son moldeables al ojo de cada escritor: para muchos pueden ser refugio, otras veces, intelecto, y otras, formas de resistencia. Hoy, modestamente, elijo las tres, pues en ocasiones sólo se requiere de impotencia, una pluma y cenizas a punto de apagarse para prender fuego a todo. Deseo que este ensayo sea un escape de la realidad y un tiempo de reflexión acerca de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde queremos dirigirnos, tanto de manera individual como comunidad. Siempre hay cosas por hacer, por mejorar, pero no podremos concretar ningún cambio si no empezamos por pensar en el bien de nuestro interior y de quién tenemos al lado. El exterior a veces toma la forma de campo de batalla. Lo importante es no dejar que su violencia toque la puerta y dejarla pasar.

Bibliografía

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