Tejo miradas, miro tejidos: Postales transfeministas desde Buenos Aires

Tejo miradas, miro tejidos: Postales transfeministas desde Buenos Aires

Uno de mis mayores intereses como antropólogo estudioso del género es el uso que hacen los transfeminismos del espacio público. Creo que algo de este interés me lo plantó Marce Butierrez, también antropóloga estudiosa de (entre otras cosas) la geografía trans, un campo que fundó junto a Francisco Fernández Romero (Butierrez & Fernandez Romero, 2023). Allá por el 2022, cuando nos cruzamos en el Archivo de la Memoria Trans Argentina, Marce me abrió los ojos a las disputas por el movimiento en el espacio público como indicativas de lo que hoy llamaría biopolíticas del espacio público. En otras palabras, cómo los permisos y restricciones auto y co-impuestos socialmente dan licencia a que algunos habiten el espacio público de acuerdo a sus deseos o "sentido común", y que otros se arreglen como puedan en los márgenes tanto del espacio como de sus propios cuerpos.

Este interés se solidificó viajando, cuando, en diferentes países y lenguajes, vi el desarrollo de los Collages Feministas, un movimiento de base que tiene gran popularidad en el mundo franco y anglófono, y del que algo se empieza a ver en Argentina. Paredes de importantes centros urbanos se ven pasteadas, de la noche a la mañana, con papeles blancos pegados letra por letra para conformar mensajes transfeministas y antirracistas, respondiendo al debate público del momento, a casos de violencia puntuales, o a los mensajes poco sutiles transmitidos por los medios de comunicación masiva. Si se tiene suerte, podemos encontrar en Instagram alguna cuenta que documente las intervenciones (@feminist_collages_nyc, @collage_feministe_independant), pero poco se suele saber de las individuas que le ponen el cuerpo a esta disputa por uno de los poderes más reñidos por el feminismo desde que nació: el de ser vistas.

Hace unos meses volvió a mí este interés, gracias al movimiento Ni Una Menos de San Miguel, Buenos Aires. Nos encontramos el 25 de septiembre de 2025, luego del triple narcofemicidio de Lara, Brenda y Morena. Después de una pequeña asamblea, marchamos alrededor de la plaza principal de la ciudad. Mientras las compañeras debatían, mayormente sobre la asistencia a la marcha y al encuentro regional de esa semana, otro grupo se dedicaba a armar una red con hilos de totora en los mástiles de la plaza. Titularon la acción Atraparlos, e invitaron a las concurrentes a anotar en pedazos de papel el nombre de quienes las hubieran abusado y violentado para colgarlos entre los nudos de esa red tejida a seis manos. En un folleto que circularon se leía:

“A través del intercambio del conocimiento antiguo que nos antecede, en torno al tejido y al relato a modo de red protectora y de justicia, esta acción simbólica busca nombrarlos, extraer su identidad, atraparla en esta red y exponerlos entre las cadenas tejidas que construyamos ante la vista de la sociedad entera”. Inspiradas “en la fortaleza de quien espera justicia y se prepara, sin aceptar la asimetría de recursos y la desigualdad de un sistema que desde siempre nos silencia”.

Esta declaración, en el contexto de la lucha por la visibilidad que implica crear intervenciones visuales, artísticas y textuales en el espacio público, me recuerda a una famosa cita de la cineasta francesa Agnès Varda: “El primer gesto feminista de una mujer es decir: Ok, me están mirando, pero yo también los estoy mirando. El acto de decidir mirar, decidir que el mundo no está definido por cómo la gente me ve, sino por cómo yo los veo” (Mandy, 2000). Esta frase desdobla la conciencia, como mencioné al principio, del monitoreo constante del que nos hacemos carne, y el momento eufórico que todas las feministas hemos atravesado al decidir, primero, que tenemos poder para tomar poder, y segundo, que nuestra mirada también cuenta. En Atraparlos, además, las compañeras pudieron traer la agencia y el poder de la mirada al territorio, inspirándose en el conocimiento ancestral de las tejedoras suramericanas. Enraizaron su intervención en una visión liberadora de la ancestralidad y sus tradiciones, elementos que muchas veces se vacían de la justicia vinculada al género, especialmente en medio de un resurgimiento del nacionalismo argentino.

La trama de la cultura tradicionalista argentina es vuelta a tejer, también, en el libro Las aventuras de la China Iron. En esta novela, Gabriela Cabezón Cámara reescribe tanto a los personajes olvidados como a los centrales de la gran épica argentina El gaucho Martín Fierro y los vuelve travestis, maricones, tortas, de géneros y sexualidades tan fluidas como el agua, manifestando una conexión con tradiciones ancestrales y experiencias cuasi espirituales del territorio. Por supuesto, este desafío a uno de los bastiones de la heteronorma argentina —la cultura gauchesca que nos enseña desde la niñez a bailar nenas con nenes y a acuerpar los roles ya caricaturizados de la china y el gaucho— es también una invitación a explorar el poder de mirar.

Luego de viajar en una carreta mágica a través del desierto argentino y descubrir la fluidez de su sexualidad y género, la China y su caravana llegan a una utopía indígena. Mientras se adentraban entre las tiendas, se dio un primer encuentro con un par de personas hermosas, desnudas, de piel oscura, paradas en el medio de un oasis. La caravana frena y, por un rato, los personajes criollos marcados por la colonización y los indios libres llegan a un momento de miradas, de preguntarse honestamente quién es el otro. Entonces, después de la mirada, comienzan a caminar, cantando, hacia el encuentro. En ese momento borran la distancia creada por el proceso colonial, por el aire que los separa, por las reglas de la moral que les prohíbe la amistad, por sus miradas mismas. La borran, se abrazan, se besan y se unen en la utopía.

Meses antes de presenciar Atraparlos fui a la primera marcha del orgullo de José C. Paz, mi localidad en la provincia de Buenos Aires. Fui con mi prima a la plaza donde unas cincuenta o sesenta personas rodeaban un escenario con transformistas y otros miembros de la comunidad que hicieron sus performances. Pensamos que iba a terminar ahí, porque hoy en día hay muchas marchas que no involucran la acción de marchar —y si soy sincero, los números musicales fueron mucho más de lo que me hubiera imaginado—, pero estábamos muy equivocados. Un rato después, con el sol cayendo en el noroeste, los organizadores bajaron el banner gigante para que las Travas históricas lo llevasen adelante. Llamaron a la murga, que entró estridente, y comenzaron a caminar. Nos reunimos detrás de las Travas y cortamos la calle bajo un cielo rosa, yo aplaudiendo con mi nuevo abanico arcoíris, el que parece que todo el mundo tiene estos días, mientras marchamos a los gritos con la murga, y me di cuenta de la gente que nos miraba desde las veredas. Probablemente heterocis en su mayoría, jóvenes y mayores, haciendo las compras o los mandados del día en el centro de José C. Paz, mirándonos, grabándonos, sonriendo y serios, curiosos.

Al principio sentí claustrofobia, quizás incluso ansiedad. No es normal someterse a tanto escrutinio, especialmente cuando está motorizado por esas normativas del espacio que mencioné antes. Si fuese una loca más valiente, pensé, no me daría miedo mirar a esta gente a los ojos. Fue en medio de esa angustia cuando interioricé lo que había aprendido de Agnès Varda, que hasta ese momento había sido sólo una idea abstracta: Yo también los estaba mirando. Y los vi.

Las personas LGBTIQ+, por necesidad de supervivencia, tenemos que comprender a las personas heterocis y su cultura tal como son. No tenemos el lujo de inventar mentiras sobre ellos; en el peor de los casos, eso podría ser fatal. Los miramos incluso antes de darnos cuenta que lo hacemos, tenemos un ojo muy fino. En cambio, a aquellos dentro de la cultura heterocis les cuesta vernos de verdad, lejos de la fantasía de lo que somos o podemos ser. Es en parte por eso que marchamos: para forzarlos a vernos, para hacer posible ese abrazo entre aquellos que no deben ser amigos. Podría pensarlo desde la oposición, desde la narrativa que invita a odiar tanto como nos odian, pero simplemente no creo que eso sea verdad. Me gustaría pensar que, de mirarnos más, sería más sencillo continuar tejiendo una red a través de la pared que promulga la frontera entre nosotros. Quiero resistir mis propios impulsos individualizantes, y pienso otra vez en el transfeminismo y las redes que nos unen, tejidas hombro con hombro, mano en mano, a través de nuestras diferencias… Quizás gracias a ellas.

La presencia feminista y de otros movimientos de derechos humanos en el espacio público también funciona como una red que atrapa elementos de la conciencia colectiva. ¿Cuáles son los temas que nos preocupan? ¿De qué manera estamos hablando de ellos? ¿Qué resulta llamativo de una mujer, de una travesti, de una persona VIH+, de un colectivo antirracista, parades en medio de la calle? ¿Qué hace que se nos vaya la mirada hacia esos cuerpos, esas voces? Es, luego, una red en la cual estos temas quedan expuestos, colgados, vulnerables ante nuestra mirada, nutriendo nuestras discusiones, tal como los nombres de Atraparlos. Sentí el poder de esa red el 25 de noviembre, el día de prevención de la violencia contra las mujeres, en el campus de la Universidad Nacional de General Sarmiento, provincia de Buenos Aires. Esa tarde de sol tremendo nos juntamos los miembros de la histórica Diplomatura en Géneros, Políticas y Participación unos momentos antes del horario de clase y tejimos una red de tela entre unos árboles en el campus, que están designados como un espacio espiritual relacionado a la Pachamama. Las compañeras habían hecho objetos hermosos para colgar allí en un encuentro anterior al que no asistí, pero poder leer y ver lo que habían hecho por primera vez mientras lo colgaban fue un regalo en sí mismo: frases sobre cuidado mutuo entre mujeres, sobre la diversidad sexual, sobre el amor, sobre el derecho a decidir. Mil y un temas se unían, daban vueltas, se doblaban entre sí, entrelazados, atrapándose unos con otros. 

Como yo no había llevado nada, tomé un ovillo de lana violeta y me puse a tejer un símbolo de Venus en la misma red. Un símbolo que supuestamente me tendría que excluir, por no identificarme como mujer, y por no tener la anatomía a la que el símbolo supuestamente hace referencia. Pero escribo estas palabras ante una rendición de la Venus con anatomía ambigua que tengo colgada en mi pared, del artista Cascio Celian, y si bien comprendo la especificidad necesaria de su significado, no lo siento un símbolo tan lejano mientras mis manos lo tejen, hebra con hebra, dedo con dedo.

Si soy sincero conmigo mismo, había comenzado el mes cuestionando mi rol en las comunidades que contengo. Ese 1º de noviembre en la capital, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, fue mi primera vez yendo a una marcha del orgullo de esas multitudinarias. Viendo a toda esa gente caminar, marchar, bailar por Avenida de Mayo, no pude evitar recordar la forma en la que habíamos copado las calles de José C. Paz unos meses antes, y pensé en el absoluto coraje que tomó para que esas locas y Travas nos sintamos igual de potentes que la auténtica multitud que estaba viendo en ese momento. Viendo, pero desde arriba, en el balcón de los conocidos de un conocido, y no caminando entre sus cuerpos.

Fue la inigualable filósofa y educadora migrante María Lugones quien me hizo pensar ese día en lo que estaba haciendo. Para ella hay una diferencia muy clara, abismal, entre la vista desde arriba, de ojo de pájaro que todo lo ve, similar en capacidad a la perspectiva del académico, y la vista entre la gente, de la callejera, quien camina y va escuchando las conversaciones, sintiendo los cuerpos de las personas que caminan con-entre-hacia ella (Lugones, 2021). Ese día, aparte de los minutos que pasé atravesando la marea arcoíris con mi conocido y sus amigas simpatiquísimas hacia la estación de la línea D del subte para volver a casa, miré la marcha desde arriba. Saludé mucha gente desde ese balcón y me sacaron muchas fotos (que nunca vi), y sentí felicidad y euforia de percibirme como parte de ese momento con el que había soñado, pero no sé si pueda decir que le puse el cuerpo a ese momento, dado que mi cuerpo no transpiró entre otros cuerpos en la Plaza del Congreso esa noche. No me conmoví ni me frustré con nadie, ni intercambié miradas cómplices, y un sinfín "ni, ni, nies" que me arrojaron a la pasividad, ahorrándome el estrés y el cansancio de caminar con-entre-hacia tanta gente, y también ahorrándome la inconveniencia de tejer cuerpo con cuerpo, voz con voz, el orgullo de ese día.

Semanas más tarde, el 21 de noviembre, viajé otra vez hasta la capital, a la plaza Roberto Arlt, para la noche de las candelas del Archivo de la Memoria Trans Argentina. Hacen esta acción desde hace varios años como parte del Transgender Day of Remembrance, o Día Internacional de la Memoria Trans, y era mi primera vez asistiendo. Cuando llegué, nervioso de asistir solo, una chica trans más o menos de mi edad estaba leyendo un fanzine del Archivo con una seguridad reconfortante. Unos momentos después comenzaron a repartir las hojas con los más de 600 nombres de las compañeras que ya no están para leer luego, y me dieron tantas ganas de leer yo también, que no me animé a pedir una. El momento había pasado y ya estaban comenzando a desplegar la bandera trans gigante, que según María Belén Correa, la fundadora y portavoz de esta organización, viajó por toda la Argentina antes de volver a su hogar en el Archivo, donde todos los 20 de noviembre se la saca a respirar y a recibir los nombres de las compañeras fallecidas durante el año. Entonces pasó algo raro. Una Trava mayor me tocó el hombro, me preguntó si podía leer, porque con el atardecer bien comenzado ella no alcanzaba a ver bien los nombres en la lista que le habían dado. Le dije que sí, y me dio el papel que había querido unos momentos antes, mano con mano. 

Después de escuchar un discurso, y mientras varias compañeras copiaban los nuevos nombres sobre la bandera que entonces sosteníamos entre unas cuarenta o cincuenta personas, leímos los nombres de años anteriores, y me tocó leer la lista correspondiente al año 2022, el mismo año que trabajé unas semanas en el Archivo. Después, leyendo nombres y discursos, se lloró, y se gritó, y mandamos besos al cielo, y prendimos velas para dejar al lado de las pancartas en las que habían impresas fotos de mujeres y varones trans que ya no están, y saludé de vuelta, y mientras me iba, escuchaba a la gente sentada al lado de las velas. Le ofrecí la lista de nombres que tenía a unas chicas sentadas allí, ya que nos habían dicho que la tradición era quemarla para dejarlas ir.

Mientras me iba de la plaza temprano, ya que el viaje de vuelta a José C. Paz es largo, no tan lejos, se escuchaban gritos y risas. Me sorprendió, pero a la vez me hizo feliz saber que de un evento tan solemne y un tanto triste podía surgir esa alegría. Se me fue la mirada, y las vi en lo alto, en la parte más elevada de la plaza, bien arriba. Un grupo de niñas jugando.

Referencias:

Butierrez, M. J., & Fernández Romero, F. (2023). Geografía Trans* en Latinoamérica: intersecciones y horizontes de un programa de investigación en construcción. Punto Sur, 8, 80-101. https://revistascientificas.filo.uba.ar/index.php/RPS/article/view/11574 

Cabezón Cámara, G. (2017). Las aventuras de la China Iron. RANDOM HOUSE.

Lugones, M. (2021). Peregrinajes: Teorizar una coalición contra múltiples opresiones. DEL SIGNO. 

Mandy, M. (Directora). (2000). Filmer le désir: Voyage à travers le cinéma des femmes [Filmar el deseo: Viaje a través del cine de las mujeres] [Film documental]. Women Make Movies.