Vistazo al interior de mi hogar
Mi casa se construye
en los brazos que me rodean.
Brazos que no me han tocado en meses,
pero me sostienen a diario.
Repartida,
como los terrenos de mi abuelo,
en tantas piezas como hay
familia.
En Monterrey,
Ciudad de México,
Colima,
El Paso.
Cualquier tierra lejana
donde su corazón me encuentre.
“God, I love the girl house”, dice Xana.
Lo siento en lo profundo.
En los días que las morras,
y las que nunca fuimos morras,
me enseñaron a construir.
Hogares con ternura,
complicidad, calma.
Con calidez,
paciencia,
cuidado.
Casas que habitan
en mentes y corazones.
Con madres y xadres
que no son les míes.
Donde no ha faltado una silla,
un plato.
Hermanes, tan cercanes
como la sangre en mis venas,
anuncian con su mera existencia:
“Aquí estamos”.
Las comunidades que han enseñado
a amar(me)
permiten nombrar lo que no existe:
Lo cuir,
lo diverso;
lo que escapa a 1 o 0,
sí o no,
chicos o chicas.
A quienes me han brindado
palabras para ser yo.
A quienes las han recibido
a millones de Kilómetros.
Personas que me han nutrido.
Hogares donde el café,
los michis,
secan lágrimas con risas.
Ronroneos.
Donde hasta la tristeza
se toma un momento.
Porque cuando no puedo salir de la cama;
cuando me he rendido tumbade en mi sillón,
me recuerdan que
los recuerdos,
la lucha,
la resistencia,
todo es nuestro.