Sobre envejecer acompañado
En enero fue mi cumpleaños. Este año me sentía particularmente emocionado porque había recibido más regalos de los que había esperado. No es que quisiera regalos costosos o algo así, soy alguien de gustos simples: había recibido unos libros y unos zapatos deportivos que desde hace un tiempo quería, pero, de la nada, mi pareja me preguntó qué me gustaría "como último regalo". Llevamos cinco años juntos y hemos tomado la costumbre de ir un fin de semana a la playa por mi cumpleaños, pero este año su propuesta venía en forma de un cofre y dentro había dos opciones: un scooter eléctrico o un viaje a la playa. Me explicó que, aunque quería darme las dos cosas, sólo podía elegir una.
Llevo dos años pidiendo el scooter. Dos años de imaginarme deslizándome por ahí, como si hubiera un carril exclusivo para la libertad: moverme sin tener que cuidarme de los coches. Sé que mucha gente lo usa para llegar a sus trabajos, pero yo lo quería con un fin más recreativo, casi banal: ir de un punto a otro cerca de mi casa, sentirme ligero un rato. Pero soy alguien que se apega a las costumbres. No podía dejar de imaginar un fin de semana en la playa: fotos para presumir, desconectarme unos días, el mar como pausa. Además, siempre está esa idea, un poco cliché pero cierta, de que lo material se puede comprar después pero las memorias que haces a lo largo de la vida no tienen comparación. Así que este año no fue la excepción; terminé eligiendo la playa.
Compró una excursión para el primer fin de semana largo del año, rumbo a Acapulco, con una empresa LGBTQ+. Sonaba bien en la cabeza: playa, seguridad, gente que sabe cómo una mirada puede acercarte o deshacerte por dentro. Sonaba a descanso… y un poco a pertenencia.
No empezó siendo lo mejor. El transporte era demasiado pequeño e incómodo. Íbamos apretados, con esa sensación de que el viaje te cobra por adelantado la paciencia. Yo estaba en modo queja silenciosa, mirando el respaldo de adelante como si en cualquier momento fuera a pedirle disculpas a la persona de enfrente por rozarlo, cuando lo único que quería era estirarme un poco más.
Llegamos a la primera parada para desayunar, y entonces pasó. No fue el calor de Morelos ni la incomodidad que venía tratando de ignorar. Me pegó por un detalle que al principio ni siquiera consideré: la edad de la gente.
Con 36 años, pensé que el promedio de las personas que asistían sería parecido al mío, incluso imaginé que habría personas más jóvenes. Pero no, casi todes eran mayores, con una o dos excepciones. Ahí, en esa mesa de desayuno, viendo a quienes me rodeaban y asomándome a las mesas cercanas, entendí algo: las personas LGBTQ+ envejecemos diferente.
Nunca había visto tantas personas LGBTQ+ adultas mayores disfrutar de su vida. Y cuando digo que envejecemos diferente no hablo sólo de arrugas o canas, ni de vernos más jóvenes o más “cool” (puede que algo de eso exista, ya que somos vanidosos, nos cuidamos y gastamos el dinero distinto); muchas veces, tampoco tenemos las mismas responsabilidades que las personas heterosexuales de nuestra edad, pero no me refiero sólo a la estética. Hablo de otra forma de envejecer. De lo que significa llegar a cierta edad sin los “papeles” que a otros les dieron desde siempre. De las batallas internas que tuvimos que pelear para romper los roles que se suponía que nos tocaban.
Hace unas semanas reflexionaba en mi diario sobre mi miedo a envejecer y escribí, medio en broma, medio en serio, que preferiría morirme antes de ser considerado un adulto mayor. Lo decía porque casi no había conocido personas LGBTQ+ adultas que disfrutaran su vida. Siempre nos pintan que vamos a acabar solos.
En ese viaje, el miedo se sentó a mi lado con su propia mochila, gafas oscuras y protector solar.
Fue como mirar al futuro; observarles, no desde la curiosidad turística, sino desde esa atención que da la vulnerabilidad cuando ya no puede esconderse. Había alguna que otra pareja, amistades, gente que viajaba sola pero que estaba incluida en esa sinergia que formaban. Se saludaban con una confianza que no se improvisa. Se cuidaban con esa naturalidad que se aprende después de haberse necesitado. Entonces lo entendí. Lo más fuerte no fue notar que eran mayores, sino que ya se conocían. Que habían recorrido este camino, que se habían levantado cuando lo necesitaron, se llevaban de la mano sin miedo al qué dirán, tenían esas bromas que sólo el tiempo da, sabían leerse perfectamente cada gesto, cada forma de hablar. Pude ver que existe la posibilidad de envejecer sin que sea solitario. Una generación que tuvo que batallar para ser aceptada, para abrir camino a que las próximas generaciones no tuviéramos que enfrentarnos a todo lo que ellos tuvieron que enfrentar.
Y ahí se abrió otra pregunta: y nosotros, ¿con quién vamos a envejecer? No sólo en el sentido romántico, sino en el colectivo. ¿Con quién voy a sostenerme si un día mi cuerpo se pone terco, si la energía no alcanza, si el mundo vuelve a ponerse hostil?
Con los años me he ido alejando de las personas. A veces me aburren, a veces me cansan, a veces simplemente dejamos de tener cosas en común. Mi círculo de amistades se ha ido haciendo cada vez más pequeño, casi sin que me diera cuenta. Me cansa conocer gente nueva. Y la poca que dejo entrar en mi vida, a veces termina cansándose de mí.
Nos entrenaron para sobrevivir en modo individual, ser autosuficientes, no pedir, no estorbar, no “cargar” a nadie. Nos volvimos expertos en resolvernos. La independencia y la autosuficiencia se volvieron medallas que muestran lo bien que aprendimos a no necesitar a nadie. Pero ahí está la trampa: ¿qué pasa si mañana no tienes pareja, o tu familia ya no está, o nunca la tuviste? A nosotros, como personas LGBTQ+, casi nunca nos enseñan que lo que le funciona al resto no va a funcionarnos igual. Que también hay que construir un círculo dentro de nuestra comunidad: gente con quien envejecer.
Nos enseñaron a llamar “independencia” a lo que muchas veces fue exilio. La colectividad, para nosotres, no es un lujo; es la red mínima para no morir de pie y en silencio.
Ser autosuficiente es admirable… hasta que deja de ser suficiente.
La colectividad, al menos como yo la imaginaba, era una palabra bonita para pancartas y captions: “resistimos juntes”, “nos cuidamos”, “comunidad”. Pero en esa camioneta incómoda, la colectividad era algo menos poético y más verdadero: una infraestructura de emoción. Vi a un señor compartiendo pastillas para el mareo como quien ofrece una herramienta de supervivencia. Vi a alguien levantarse a cambiarse de asiento para que otra persona pudiera estirar la pierna.
Gestos mínimos, pero con una dignidad extraña, esa que sólo existe cuando el cuidado no se negocia, se ejerce. Me dio vergüenza mi primer enojo por el transporte. No porque no tuviera razón: estaba incómodo y punto. La incomodidad no desaparece por tener revelaciones. Pero me di cuenta de que yo había subido esperando comodidad, y ahora viajaba cargando una pregunta enorme: ¿quiénes serán los míos cuando ya no tenga ganas de hacerme el fuerte?
La pregunta se volvió más áspera cuando recordé que muchas personas de esa generación tuvieron que inventarse su vejez: no sólo vivirla, sino inventarla. Durante años, el futuro no estuvo garantizado. Llegar a viejo no era un plan; era una rareza, un accidente, un logro, que casi nadie les prometió.
A veces creemos que la colectividad es una elección estética, un gusto: “me gusta la gente”. No. A veces la colectividad es lo que te queda cuando el mundo te quiso solo.
En algún punto del viaje dejé de contar las horas para llegar. Empecé a escuchar. A veces no entendía referencias, pero sentí una especie de alivio raro, como si el futuro dejará de ser una habitación vacía y se volviera un pasillo donde ya hay voces.
Llegamos a Acapulco y el mar estaba ahí, haciendo lo que hace: recordándote que tu drama importa, pero no es el centro del universo. No conseguí mi scooter.
Volví con una imagen que me persigue de manera útil: gente LGBTQ+ mayor viajando, riéndose, cuidándose, existiendo en plural. Y volví con una incomodidad nueva: la sospecha de que mi miedo a envejecer no era miedo a la edad, sino miedo a envejecer sin colectividad.
Desde este fin de semana ya no me sale contestar igual cuando me preguntan qué quiero. Antes pensaba en cosas y planes. Ahora pienso en algo menos bonito de decir pero más real: en redes, en historias compartidas, en no llegar solo a ciertas edades.
Sigo queriendo mi scooter, no te voy a mentir. Me sigue seduciendo la idea de avanzar rápido. Pero también sé esto: si un día me caigo, no quiero que haya nadie mirando. La colectividad es eso: envejecer sabiendo que quizá sí haya un asiento para ti… aunque nadie te garantice que vaya a estar libre cuando lo necesites.