El jardín de las plantas sin nombre
La Vero que ya no es Vero dice que las lechugas tienen cara de bebé muerto y nadie le discute porque es verdad. Crecen amarillas. Esa piel traslúcida que parece enferma pero crece igual, chupando lo que sea que haya quedado en la tierra donde antes la metalúrgica Zanella tiraba aceite quemado. El terreno queda entre Pueyrredón y la avenida sin nombre, esa que dejó de llamarse San Martín después de la inundación del 28.
Tincho Metal riega con una botella mal cortada. El agua sale turbia. Olor a cloro viejo y algo más que nadie nombra.
—¿Quedó café?
La Flaca de los Tomates pregunta aunque ya sabe la respuesta.
—Lo que quedó se lo tomó el Colo anoche.
—Hijo de puta.
—Sí.
La Flaca se queda parada frente al cantero de las albahacas. Las que le dedicaron a Moni cuando murió el invierno pasado. Todo existe acá. Las cosas crecen y se pudren en simultáneo.
El terreno baldío tiene exactamente mil doscientos metros cuadrados, según la escritura vieja que la Vero encontró. Antes era un taller de cromado. Después un depósito de plásticos. Después nada durante quince años hasta que empezaron a llegar. Primero el Colo con su carpa azul. Después Moni. Después Tincho. Después la Flaca. Después la Vero, que entonces se llamaba Gonzalo y lloraba todas las noches pensando que nadie la escuchaba. Pero todos la escuchaban. Llorar es gratis. Acá todo lo demás cuesta.
—Vino el tipo del municipio.
Tincho dice eso sin dejar de regar.
—¿Cuándo?
—Ayer a la tarde. Cara de que le daba asco todo.
—¿Qué dijo?
—Que tenemos treinta días.
La Flaca se sienta donde están los tomates cherry. Se los dedicaron a Cuqui, la piba que murió el verano del 31, cuando el calor derritió el asfalto. Cuqui odiaba los tomates, pero la Flaca los plantó igual.
—¿Treinta días para qué?
—Para irnos. Van a vender el terreno.
—Torres en este barrio.
La Flaca se ríe pero no es risa.
El Colo aparece desde atrás del tinaco donde guardan las herramientas que no son herramientas: una pala sin mango, un rastrillo hecho con alambres doblados. Trae una bolsa del Dia.
—Traje medialunas.
La Flaca lo mira como si hubiera dicho que trajo un millón de dólares.
—¿De dónde sacaste guita?
—Me las dieron en la panadería de Warnes.
—¿Te las dio porque sí?
—Le dije que eran para mi abuela.
—Sos un sorete.
—Sí.
El Colo abre la bolsa. Son cuatro medialunas pasadas, duras como piedras. Las parte con las manos sucias de tierra. Las reparte. La Vero mastica despacio, con los ojos cerrados. Tincho come la suya en dos bocados. La Flaca guarda la mitad en el bolsillo.
—¿Para qué guardás?
—Por las dudas.
—¿Por las dudas de qué?
—Por las dudas.
Acá las dudas son más reales que las certezas.
Cuando llegó Moni, el jardín no era jardín; era un basural. Yuyos altos y colchones podridos que olían a meo de gato. Moni tenía cuarenta y tres años y una tos que no se iba nunca. Pero sabía de plantas. Trajo semillas envueltas en papel de diario. Les enseñó a leer la tierra.
Cuando Moni murió, el Colo dijo que había que plantar algo importante. Eligieron un jazmín del país. El jazmín nunca agarró. Las flores se caían antes de abrirse. Pero las raíces sí agarraron, hondas y tercas.
A Cuqui le plantaron los tomates. A Rama, el pibe que murió cuando el colectivo no frenó, le plantaron ciboulette. A Tita le plantaron una suculenta que encontraron en un tacho de basura, medio muerta pero viva todavía.
El jardín es como un cementerio al revés, ponele. Crecen cosas en lugar de pudrirse.
—¿Y si nos quedamos? —dice La Vero.
Están sentados en círculo alrededor del cantero central. Donde plantaron lechugas, rabanitos, cebollas de verdeo.
—¿Quedarnos cómo?
—Quedarnos. No irnos.
—Te van a echar igual.
—Que vengan a echarnos.
—Van a venir.
—Que vengan.
El Colo prende un pucho medio fumado. Lo comparte. Fuman en silencio. Desde la avenida se escucha el ruido de los bondis. El sol se está yendo y el cielo es del color de una naranja podrida.
—Yo no me voy.
—Yo tampoco.
Tincho no dice nada. Sigue fumando. Cuando le toca el pucho al Colo, lo apaga contra la tierra.
—Mañana voy a hablar con el abogado ese de la mutual.
—¿Para qué?
—Para ver si se puede hacer algo.
—No se puede hacer nada.
—Bueno, pero voy igual.
Al otro día Tincho no vuelve. La Flaca riega las plantas dos veces. La Vero se sienta al lado del jazmín de Moni. Se queda ahí, quieta.
El Colo busca comida en los tachos de la feria de Pueyrredón. Vuelve con media bolsa de verduras magulladas y un pan mohoso. Corta la parte mohosa. Reparte el resto.
—¿Viste a Tincho?
—No.
Comen sentados en el piso, apoyados contra el alambrado.
—Si nos echan, ¿a dónde vamos?
—No sé.
—¿Vos sabés?
—No.
La Flaca se para. Camina entre los canteros. Los tomates están más rojos que ayer. Arranca uno. Lo parte al medio. Adentro tiene semillas y jugo, como cualquier tomate del mundo, pero acá significa otra cosa. Cuqui sigue acá de alguna manera. Todas las muertas siguen acá, metidas en la tierra.
—Podríamos llevarnos las plantas.
—¿A dónde?
—A otro lado.
—No hay otro lado.
—Siempre hay otro lado.
—No.
La Vero se para. Se acerca. Se quedan las tres paradas en el medio del jardín.
Tincho vuelve cuando el sol ya se fue. Trae cara de no haber dormido. Una bolsa con algo adentro.
—El abogado dijo que no se puede hacer nada. Que el terreno tiene dueño.
—Ya sabíamos.
—Sí.
Se sienta en el borde del cantero. Abre la bolsa. Adentro hay un plantín de romero.
—Lo compré en el vivero. Me costó doscientos pesos que no tenía.
—¿Para qué?
—Para plantarlo acá. Para nosotros.
La Flaca lo mira como si fuera idiota, que capaz es idiota, pero bueno.
—Van a demoler todo en treinta días.
—Lo sé.
—¿Entonces para qué?
—Porque sí.
Tincho agarra la pala sin mango. Empieza a cavar en el único pedazo de tierra que queda sin usar. Cava hondo. Con la rabia de quien sabe que está haciendo algo inútil pero lo hace igual. Cuando el pozo está listo, saca el plantín de la maceta. Lo mete en la tierra. Lo tapa con cuidado.
—Listo.
La Vero trae agua. Riega el romero. El agua se hunde en la tierra y desaparece, pero las raíces la van a encontrar, supone.
Esa noche los cuatro se quedan en el terreno. Arman un fuego con maderas del alambrado roto. El fuego calienta poco pero ilumina bastante.
El Colo canta una canción de Gilda que nadie conoce completa pero que todos tararean igual. La Vero se duerme con la cabeza apoyada en el hombro de la Flaca. Tincho se queda mirando el romero. Pero está ahí.
Las plantas no saben que las van a arrancar. Siguen creciendo igual. Chupando agua sucia y luz amarilla de los postes. Empujando raíces cada vez más hondas en la tierra envenenada. El jardín respira. Tiene pulmones de aceite quemado y sangre de agua estancada. Pero respira.
Mientras haya alguien que riegue, alguien que nombre a las muertas, esto es un lugar. No es bonito. No es seguro. No es justo.
Pero es un lugar.
Alcanza.