existen muchas maneras de volar. sobre transitares negros, comunidad y masculinidad

existen muchas maneras de volar. sobre transitares negros, comunidad y masculinidad

hace poco fui a un chow feminista. se dieron muchos chistes sobre cómo los hombres no saben encontrar un clítoris, sobre que no se saben el nombre de sus novias o sus maneras patéticas de follar. la sala estaba llena de risas cómplices; se sentían casi como carcajadas de alivio que susurraban que por fin podíamos reírnos de ellos, que por fin iba a cambiar de bando el malestar. estaba ahí, petrificade en el asiento, rígide como un lagarto intentando pasar desapercibido para que no le devore un depredador. entre sudores con olor a angustia transmasculina y autista pensaba: “por favor, por favor que no me hable”.

sé, desde hace más de diez años, que no soy una mujer. al principio, esa verdad era un susurro bajito en oídos amigos, disponible sólo para quienes podían sostenerlo. después, decidí usar el pronombre elle. en aquel momento habitaba un cuerpo gordo, con formas que el imaginario colectivo insiste en nombrar “mujer negra” mucho antes de dar oportunidad a la autodefinición. pensaba en mi poemario ¿Quién repara este dolor? (2023) y el poema “Zoológicos de la modernidad”:

Sociedad blancanos ha obligado a ser mujeres u hombresninguno al mismo tiempo

el encierro de este zoológicono me permite ser humanepero me fuerza a ser mujer.

cuando lo escribí, me compartía con alguien que encajaba en todos los estándares aceptados de androginia: masc, delgade, atlétique, pelo corto; y se extendía en mí la envidia —hacia alguien que quería—, como el veneno de una serpiente que me mordía los ojos.

deseaba con cada célula no ser una “ella” todo el tiempo. deseaba que mis tetas o mi culo no tuvieran un significado público que nunca autoricé. pero querer cambiar me hacía sentir une traidore. traidore a mis sentipensares anticoloniales, traidore a las comunidades ancestrales trans que no necesitaban de la medicina blanca para existir. era el jugo de la contradicción, porque al mismo tiempo sabía que la única vía para que mi cuerpo habitara lo que deseaba era el monstruo de la industria de la medicina, mismo que ya me había dañado para varias vidas. fue muy complejo aceptar esto último, casi como si admitirlo significase decir: “ustedes tenían razón, mi cuerpo está equivocado”. casi como si dejara de pelear por mi propia visión del género, por las formas de tránsito que pasan por el cuerpo, especialmente por el espíritu; un abandonarme al poder del oculocentrismo occidental.

todo ello coexistía con el miedo, muy concreto, de convertirme en “un hombre” y que, con ello, los espacios políticos (afro)feministas o bolleros ya no me quisieran presente. tras una vida de abandonos, este sentimiento era casi de pánico. cada vez que escuchaba “men are trash” o “¿qué más se puede esperar de un hombre? daba un paso hacia atrás en decidirme a transitar. yo no quería que me vieran como trash (porque así me han visto demasiadas veces en la vida por otras razones). entiendo de dónde viene este discurso y nunca lo señalaría: las heridas son profundas y la sanación lentita, cíclica y pegajosa, va mutando.

yo no tuve muchos lugares de pertenencia en mi vida, como decía. el (afro)feminismo nunca fue del todo uno, pero era una esquinita donde en momentos pude pararme a apoyar la espalda. no quería perderla. aún así, me veía cada vez más encogide en mi esqueleto, abrazando las piernas al pecho, cambiando de lugar las venas, tapando los pelos en flor enraizados en mi cara para poder entrar por una puerta con una forma muy extraña —y conocida— para mí.

en medio de todo, encontré el valor para escucharme. mi cuerpo siempre río que insiste en fluir, llegar a una orilla vislumbrada —transitar médicamente—, aunque el cauce sea poco certero. me esfuerzo cada dia por repetir como mantra que mi cuerpo nunca estuvo mal, cuestionar cuánta de esta disforia es mía y cuánta es un paquete que me llevan dejando toda la vida en la puerta de casa aunque haya hecho ningún pedido.

KB Brookins en Pretty (2023) dice algo como: ser yo no es un error. el error es un mundo que aún no ha aprendido a imaginar”.

quiero gozarme socialmente en masculino. sonrío cada vez que me veo como un transmasc con mucha pluma. plumas orgullosas, cual gaviota que aguarda las arenas del mar; pequeño colibrí llenito de néctar, valiente paloma repudiada en la ciudad. recuerdo que existen muchas maneras de volar y quiero explorarlas todas.

este cuerpo no nació para habitar una jaula. desde ahí reivindico el gozo como deuda histórica que no pienso dejar pasar. encarnar el placer que supone, como dice rupi kaur (2017): “ser del color de la tierra de donde crecen las flores, los frutos y las cosechas”. este color viene con lógicas de transitar otras, tras dos años en el proceso me doy cuenta de cuánto mi vida se enraíza en una colectividad compleja, eso que hace que mis procesos no sean solo míos. la migración de mi mamá, la colonialidad en Guinea y lo que ello supone a nivel de ser aceptade —o más bien no serlo— siendo queer; el violento paso del mestizaje por mi cartografía, la no pertenencia a los espacios queer blancos. todo es una voz, susurro y grito, posados al mismo tiempo en ambos hombros.

¿qué significa la pertenencia? nunca he podido responder. desde chiquite fui une outsider y volverme visibilemente trans sólo ha hecho que me vuelva más un “cruce de caminos”, como diría Gloria Anzaldúa. si algo he aprendido en este tiempo de navegar las dinámicas de queerfobia en los espacios africanos y las de racismo en los queer blanques, es que para mí los vínculos de amor no van a ser océanos gigantescos ya que, por ahora y demasiado a menudo, el mundo no tiene una comprensión total de lo que soy. pero eso no significa que no haya pequeñas calas, charquitos, playitas poco transitadas donde pueda volar en paz. decido creer en nosotres, y eso supone agarrarme a resquicios de un algo comunitario, negro, que tiene a igual parte belleza y desgarro, o una conjugación de ambas, aunque no parezca posible. sé que podemos hacerlo mejor y elijo cada día confiar en que estamos en ello. elijo también que este miedo a la no pertenencia no frene mis procesos. elijo muy intencionalmente saber que nos merecemos mudar la piel, la pluma, ser ola, ser roca y arena negra. quizás podamos contar con los dedos de una manita a quiénes entienden que todos los elementos anteriores habitan un solo cuerpo; quizás a veces no haya nadie que lo haga, pero igual nos merecemos apostarle a esta naturaleza cambiante que somos.

en estos días me siento a ver el mar y puedo pasar horas observando sus movimientos, sutiles, agresivos, infinitos, pacíficos y en rabia, todo al mismo tiempo. sentarme con la grandeza de Mami Watá me hace recordar que existen muchas cosas más grandes que yo, más grandes que el trauma, más grandes que las angustias de género y raza que aturullan esta cabeza. estoy conectade y soy formas de masculinidad que son hermosas, nada totales, nada binarias. caballito de mar que gesta vida en su vientre, recordando que criar es, también, y sin duda, tarea masculina. pez loro azul que cambia de sexo cuando la comunidad lo necesita, recordando que la masculinidad es escucha y transformación para el necesitar colectivo. todos estos seres informan mi gozo negro trans. soy una extensión de muchas vidas y formas, y como tal, mi género es casi un ensayo torpe por mantenerlas todas presentes.

cuando veo los caminos de otres, especialmente de personas blancas, a veces me siento “poco trans”. al fin y al cabo, sigo siendo viste como una “ella” y, cuando me dicen muchas veces en un día “él”, puede dar pánico. ojalá pudiera sentir que mi cuerpo es sólo mío. sacudirme la Historia, el rechazo y la dureza del mundo para caminar los vaivenes del género, segure de que me amarán de igual manera. pero no es así, y desde ahí me acepto. hago las pequeñas y grandes cosas que conjugan el yo y el nosotres, el queer y lo negro, de formas que mi boca sabe pronunciar, y aún así muchas veces me aturullo. también acepto esto. abrazo que, con todo, transitar es una oportunidad de atender a las caricias en este pecho diseñado por mi amor hacia mí, a los besos que se convierten en celebrar compartido aunque muches no tengamos del todo claro dónde encajamos / qué estamos haciendo, o las sonrisas de otras transmasculinidades que se erizan con el roce erótico del sol que nos recuerda que somos todo lo que está bien.

Referencias:

Anzaldúa, G. (1987). Borderlands/La Frontera: The New Mestiza. Capitán Swing Libros.

Brookins, K. B. (2023). Pretty: A memoir. Alfred A. Knopf. 

Fotabon, R (2023). ¿Quién repara este dolor? Fea Editorial.

Kaur, R. (2017). The sun and her flowers. Andrews McMeel Publishing.