La A también se nombra

La A también se nombra

Llegué diez minutos antes y él quince minutos después. Nos sentamos frente a frente en una mesa pequeña, demasiado pequeña para todo lo que iba a pasar después. Él pidió cerveza. Yo pedí café. Desde ahí ya había una diferencia, pero nadie les presta atención a esas cosas al inicio.

Hablamos de lo fácil: trabajo, películas, ciudades que no hemos visitado aún pero que nos gusta mencionar. Me dijo que le gustaba que yo fuera “tranquila”. Lo planteó como un halago. Yo asentí, aunque no estaba segura de qué significaba.

En algún punto, como si siguiera un guion, inclinó la cabeza y sonrió.

—¿Y tú cómo eres para las relaciones?

La pregunta no era curiosidad, era anticipo. Respondí con honestidad, pero con un poco de ingenuidad. Dije que me gustaban las relaciones serias, que soy una romántica empedernida y que, hasta cierto punto, me gustaba ir despacio. Él interpretó eso como una invitación. Se acercó un poco más. Apoyó el brazo en la mesa, invadiendo un territorio que no había sido ofrecido.

—Pero deseo sí sentís, ¿no?

Consideré mentir. Pensé en lo fácil que habría sido seguir la corriente, dejar que la noche avanzara y jugar el papel que se esperaba de mí. En lugar de eso, respiré hondo y dije:

—Soy asexual.

Su cara no cambió de inmediato. Primero vino la pausa. Luego, la confusión. Después, la necesidad urgente de arreglar algo.

—Ah… pero eso es como una etapa, ¿no? ¿O es porque no has conocido al indicado? ¿Tiene que ver con algo que te pasó?

Cada pregunta era una forma distinta de no escuchar, de no aceptar, de traducir mi existencia a un lenguaje que le resultara menos incómodo. Me explicó, sin que yo se lo pidiera, que el deseo es importante, que las relaciones necesitan contacto, que él es “muy físico”. Como si yo no lo supiera, como si mi cuerpo necesitara ese recordatorio.

Intenté aclarar que no estaba rota, que no era una ausencia, que no estaba pidiendo que me arreglara. Yo tenía un guion estándar que usaba a menudo para explicar que la asexualidad es una orientación sexual tan válida como cualquier otra, que la atracción y el deseo son cosas diferentes, y que es todo un espectro donde entran muchas personas.

Él asentía, pero seguía hablando. Me dijo que podíamos intentarlo igual, que él tenía paciencia, que no tenía que ser tan extremista. Y no faltó el clásico “es que no lo has intentado conmigo”. Yo miraba mi taza vacía y pensaba en lo rápido que una cita puede convertirse en una negociación. Mi asexualidad no era una identidad para él, era un obstáculo que tenía que superar, un detalle incómodo que el tiempo o el cuerpo correcto resolverían.

Caminé sola de regreso a casa, reflexionando sobre cuántas veces más tendría que explicar que no quiero ser salvada, que no estoy esperando sentir algo distinto, que mi forma de amar no es un borrador. Y entendí, con una claridad incómoda, que el problema no era esa cita fallida, sino el mundo que insiste en que el deseo es el único idioma posible para encontrarnos.

Caminé cavilando que quizá el error había sido decir la palabra con “A”. Pero con el tiempo había aprendido que el mejor momento para hablar sobre mi asexualidad era al principio. No quería seguir perdiendo el tiempo en quienes sólo buscaban sexo casual conmigo, ni seguirme encontrando con gente que no me escuchaba cuando hablaba de mi orientación. Aun así, algo muy pequeño dentro de mí sentía que era una combinación muy difícil de querer.

Esa idea me persiguió durante días y después semanas. Luego, apareció en otros lugares.

Apareció cuando conté la historia en una reunión de amistades queer y alguien dijo: “igual podrías intentarlo”, cuando otra persona comentó que el deseo también se aprende, cuando alguien más, con la mejor intención, sugirió que no cerrara esa puerta tan rápido. Nadie dudaba de mí abiertamente, pero todas las respuestas apuntaban al mismo lugar: no querían que yo fuera así, querían que yo cambiara.

El mismo guion se repetía con otros cuerpos, otras mesas, otros discursos, incluso en espacios que se nombraban disidentes. El problema no eran ellos, sino la forma en que el deseo funciona como centro, como idioma común, como requisito tácito para pertenecer. Si no lo hablas, si no lo practicas, si no lo celebras de la manera correcta, quedas en los márgenes.

Decir “soy asexual” no fue una revelación súbita ni un acto de valentía. Llegué a esa palabra después de probar otras que no me quedaban, como ropa prestada: tímida, complicada, reservada, “no tan sexual”. Durante años acepté explicaciones ajenas porque parecían más fáciles que sostener una verdad que nadie parecía querer escuchar completa. Nombrarme me dio alivio inmediato, pero, sobre todo, me dio trabajo: el trabajo de traducirme.

Aprendí rápido que decir “asexual” no cerraba la conversación, la abría. La convertía en debate, en hipótesis, en mesa de análisis. Llevé esa palabra conmigo a los espacios colectivos esperando que ahí, al menos ahí, no tuviera que justificarla tanto; espacios queer y disidentes, lugares que hablaban de libertad, de romper normas, de imaginar otros futuros. Pensé que la asexualidad sería entendida como parte de esa misma ruptura. Me equivoqué sólo un poco, la cual es la forma más precisa de equivocarse.

En uno de estos espacios me sucedió algo similar a lo del chico de la primera cita, pero con un poco más de intensidad. Era una chica que también era parte de la diversidad. Había tenido una vida complicada para ser aceptada, pero encontraba refugio en la comunidad, así que me pegó muy duro cuando de su boca salió: “nadie nunca te va a querer porque no les puedes ofrecer lo que todos quieren”. Sopesé todo lo que podría responderle con filo de cuchillo japonés, pero no soy así. No era necesario causar más dolor donde ya había una herida, por lo que sólo asentí y me fui.

Empecé a notar cómo, incluso en estos espacios, el deseo sexual funciona como eje, como lenguaje común, como prueba tácita de emancipación. Hablar de placer, de cuerpos, de experiencias sexuales es una forma de pertenecer. Yo escuchaba, aprendía, celebraba los relatos ajenos. Pero cuando me tocaba hablar, no había épica que ofrecer. Mi historia no tenía clímax. Y eso, en un mundo que confunde liberación con intensidad, resulta sospechoso.

La colectividad me ofrecía abrigo, sí, pero también un molde. Era amplio, flexible, pero un molde al fin. No me pedían que me fuera, sino que me moviera un poco, que dejara abierta la posibilidad de cambiar, que no cerrara puertas, que no fuera tan tajante. Como si mi identidad fuera una opinión demasiado firme y no una experiencia vivida.

Con el tiempo empecé a notar un orden que nadie había anunciado pero todes respetaban. No estaba escrito en ningún manifiesto ni se discutía en asambleas, pero organizaba silenciosamente quién ocupaba el centro y quién orbitaba alrededor. El deseo —sexual, explícito, visible— funcionaba como una especie de moneda simbólica. Quien más deseaba, quien más experimentaba, quien más narraba su cuerpo y sus prácticas, era leído como más libre, más consciente, más político.

En ese esquema, la asexualidad no tenía lugar claro. No encajaba como disidencia ejemplar ni como identidad celebrable. Era demasiado silenciosa, muy poco espectacular. No incomodaba al sistema dominante desde el exceso, sino desde la ausencia, y las ausencias ponen nerviosa a la gente.

Escuché muchas veces que el deseo es subversivo, y que el placer es resistencia y es político. No lo discuto. Lo que empecé a cuestionar es qué pasa cuando esas ideas se vuelven mandato, cuando la liberación se mide en deseo sexual, cuando la sexualidad deja de ser posibilidad y se convierte en requisito. En esos momentos, la asexualidad deja de ser una identidad y pasa a ser una sospecha.

Me di cuenta de que muchas comunidades disidentes, sin proponérselo, habían construido su propia norma. Ella invierte valores, pero no siempre cuestiona la lógica; cambia lo prohibido por lo celebrado, pero sigue necesitando un centro. Y este, muchas veces, sigue siendo el deseo sexual, sólo que ahora iluminado, politizado y orgulloso.

No dejé de creer en lo común, pero dejé de idealizarlo. Entendí que las comunidades también necesitan revisarse, no sólo defenderse, que no basta con nombrarse diversas si no interrogan quién queda sistemáticamente en los márgenes de esa diversidad, y que la verdadera incomodidad no viene de las identidades que no encajan, sino de lo poco dispuestas que estamos a mover el centro para que quepan.

Me sentía sola. Una especie de soledad que te dice que no encajas ni en un bando ni en el otro, esa que te hace cuestionar si quien está mal eres tú. Todos parecían ir por un camino tranquilo y seguro, mientras yo sentía que iba descalza por uno empedrado y en cuesta arriba. Pero pensé que, si yo me sentía sola, así también se podría sentir otra persona en alguna parte del mundo. 

Así llegué a las comunidades asexuales de otros países. No fue una revelación ni un acto político consciente, fue cansancio. El cansancio de explicarme, de justificarme, de ocupar siempre el margen amable de las conversaciones. Busqué sin demasiada expectativa, como quien no espera encontrar nada, sólo confirmar que no está sola del todo.

Lo primero que encontré no fueron discursos ni definiciones, sino risas. Memes absurdos, chistes internos, referencias que no necesitaban contexto. Reí antes de entender por qué, con el cuerpo relajado, sin calcular previamente si estaba siendo demasiado tajante o rara. Nadie preguntaba si era una etapa. Nadie sugería que ya cambiaría. Nadie intentaba completarme.

Compartíamos el mismo cansancio con palabras distintas. El mismo fastidio ante las explicaciones obligatorias. El mismo agotamiento frente a un mundo que insiste en traducirnos a su idioma. Leí historias que podrían haber sido mías: citas incómodas, amistades bienintencionadas, espacios supuestamente seguros donde el deseo seguía funcionando como medida de valor. No tuve que aclarar nada ni defender mi existencia. Estábamos hablando el mismo lenguaje sin haberlo pactado.

Por primera vez, el silencio no era sospechoso. La ausencia de deseo no era una pregunta pendiente, sino un punto de partida. Nadie celebraba la asexualidad como algo excepcional, ni la trataba como un problema a resolver. Era simplemente una forma de estar, de vincularse, de amar, de resistir, incluso sin haberlo nombrado así.

Ahí entendí algo que no había logrado formular antes: la colectividad no siempre se siente como lucha. A veces se siente como descanso, como una pausa del mundo, como un lugar donde el cuerpo deja de estar en alerta, donde no hace falta negociar la propia identidad para seguir sentada a la mesa, donde el “nosotres” no exige traducción.

No idealizo esos espacios. También ahí hay diferencias, desacuerdos, cansancio. Pero hay algo fundamental que cambia: el centro ya no me expulsa. No tengo que moverme para encajar, ni demostrar nada. Mi forma de existir no descoloca, no amenaza, ni necesita ser corregida.

Volví a los otros espacios con eso en el cuerpo, no para abandonar la colectividad más amplia, sino para habitarla de otro modo. Saber que existía un lugar donde no era excepción me dio fuerza para quedarme donde todavía lo soy. Entendí que no se trata de elegir una sola comunidad, sino de reconocer cuáles nos permiten respirar y desde ahí construir puentes, no sacrificios.

Pensar la colectividad desde la asexualidad me enseñó que los futuros no se imaginan en soledad. Se ensayan. Se comparten. Se hacen posibles cuando dejamos de medir la pertenencia en función de una sola forma de deseo, cuando el cuidado no exige intensidad, cuando el amor no necesita demostrarse con el cuerpo correcto.

Tal vez eso sea, al final, vivir juntes como forma de resistencia: crear espacios donde nadie tenga que desaparecer para quedarse, donde el “nosotres” no sea una promesa abstracta, sino una práctica cotidiana, y donde incluso las identidades que históricamente han sido leídas como ausencia puedan, por fin, sentirse completas.

Y fue entonces, viendo nueve países reunidos en una videollamada donde se hablaba de asexualidad como una orientación sexual y no como una enfermedad, que me di cuenta de que no estaba sola; nunca lo había estado, simplemente no nos habíamos conocido todavía.