Profe
Mi alarma suena a las seis de la mañana. El Eutirox de 100mcg que no falte. Espero a mi segunda alarma y me levanto a las seis y media en punto. A primera hora me toca guardia. Menos mal. Así me da tiempo a imprimir y corregir los exámenes de ayer. Me hago un sándwich de queso y entro a Instagram. Esta idea seguro que les gustaría a les alumnes de primero. Un sorbo de café. Pero voy fatal de temario… la guardo por si acaso. Friego los platos y recojo el salón. Me lavo la cara, me visto y me maquillo para que no se note que voy maquillada. No se vayan a dar cuenta de que yo también caigo en estereotipos patriarcales. «¿Tú también, profe?» Eso parece. Tarjeta del TMB, móvil, llaves, mochila, libro para el trayecto. Estoy leyendo Homebody de Theo Parish. Me recuerda a une de mis alumnes. Y a aquel otre de aquel curso. Y a aquella de ciclo medio. Y a aquel alumno de ese instituto religioso. Dios. Me da un escalofrío. Fue el peor trimestre y medio de mi vida.
«Oye, que mejor no digas que tienes pareja. O sea, no lo escondas pero tampoco lo anuncies. ¿Vale?»
«El piercing te lo quitas para entrar a clase, ¿no?»
«Oye, a esta alumna no la trates en masculino; es autista, está confundida. Llevo cuarenta años aquí, no te metas en eso».
La siguiente parada es la mía. En total he leído cinco páginas y me he quedado pillada. Joder. Salgo del metro y voy al instituto. La subida al centro me alegra los días. Me despierta. Ya veo a la parejita del año, por supuesto, en el banco de cada mañana. Venga, que ya vais tarde. «Bon dia, profe». Bon dia. Bon dia. Bon dia! «Tengo los deberes del otro día, profe». En clase los miramos. «Profe, ¿tienes la nota ya?» Casi, casi. «Joé, profe, que nosotros no nos podemos retrasar nunca». Ya. Ya. Pues tienes razón, a ver si los acabo de corregir ahora.
«¡¿Qué coño haces, maricón?!»
¡Oye! ¿Qué os tengo dicho?
«Perdón, profe, fue sin querer».
En clase hablamos.
Entro y ficho. ¿Lo dejo pasar? El año pasado me embarqué en la cruzada de los insultos homófobos. Una tarea diaria. Titánica. Desmedida. (Cansada). Lo máximo que conseguí fue:
«¡¿Qué coño haces, maricón?!»
¡¿Pero se puede saber qué os tengo dicho?!
«Perdona, profe. ¡¿Qué coño haces, homosexual?!»
Real y verídico.
Saludo al claustro. Bon dia, bon dia, bon dia, bon dia. «¿Sabes qué pasó ayer?» ¿Qué? «Aquel alumno yasabestúquien dice que es de VOX». Pff… otro más. «No, no. Pero es que es aquel…». ¿El de familia migrante? «Ese. Que además tiene novio». «¿QUE ES MARICÓN?» Oye, por favor, que tenemos que dar ejemplo. «Perdón, perdón, que soy una antigua. Es que… está todo lleno de gueis, pero que yo contenta, que son muy graciosos».
Dejo mis cosas y me llevo el ordenador y el móvil a la sala de la fotocopiadora. Me cabrea. Me hice profesora para educar a las nuevas generaciones. ¿Y el resto? Imprimo y suena el timbre. «Oye, te toca guardia en segundo». Pff… voy. Dejo esto imprimiendo, ¿le echas un ojo? «Claro». Yo que tenía que ir al baño… bueno, en dos horas me escapo. Antes de ir al patio creo que me da tiempo.
Bon dia.
«¡Profe! ¿Estás con nosotros? ¡Olee!» Sí, pero tenéis tarea en el Classroom. «¡Joder! Profe, pon una peli». «Sííííí pon esa de los maricones JAJAJA». Me freno y suspiro. Sé que en tutoría han hecho un trabajo increíble seleccionando y comentando escenas de la nueva serie de Leticia Dolera, Pubertad. La mayor parte del grupo la ha disfrutado, entendido, y lo que es más importante aún, ha empatizado con las vivencias de los personajes. Me giro hacia el alumno. Vamos a empezar bien la mañana, eh, que os tengo dicho qu—. «PERO ES VERDAD, JODER; SON MARICONES».
Une alumne se acerca. Está mal porque en su casa sufre violencia. Me giro hacia elle y me fuerzo a ignorar a quien sigue elevando la voz. Cuando nadie lo escucha deja de gritar. Odio que griten. Sigue. Me vuelvo hacia él. Basta. «A ti te molesta porque eres bollera». Le lanzo otra mirada. Encoge los hombros. Basta. «O bisexual; qué más da todo tiene que ver con los coñ—».
Lo que sigue diciendo ya ocupa una parte pequeña de mi mente. Hay cosas más importantes de las que ocuparse. Frente a mí, mi alumne me explica que ayer le ha reñido su madre al enterarse de que una de sus amigas es bisexual, y su madre odia a los bisexuales, a los gays, a las lesbianas, a les trans, porque es muy religiosa y esa gente no es de Dios. Dios. Me dice que si su madre se entera que es trans, le dejará de querer.
Suena el timbre. No he corregido los exámenes, no he hecho que dejen de gritar “maricón” y no he podido hacer que mi alumne se sienta mejor porque tiene una situación donde sentirse mejor es más difícil que conseguir que dejen de insultarse por los pasillos. Recojo las fotocopias, las dejo en la sala de profesores. A por la siguiente clase. Tienen examen y les voy a revisar el cuaderno. Dos pájaros de un tiro. Pienso que practico la efectividad educativa elevada al cubo (y eso que yo soy más de sintaxis e hipérboles).
Venga, separamos las mesas. Dejad las libretas en mi mesa. «¿Profe, puedo repartir yo?» Vale, guardad los estuches también. «¿Y cómo escribimos?» A ver, sacad lo que necesitéis primero y luego guardad los estuches. «AAH, VAAALE». Venga, tenéis cincuenta minutos. Si tenéis una duda, levantad la mano y voy. Buena suerte. «¡Gracias!» Empiezo a corregir un cuaderno. Esta casi no ha trabajado, ¿y este? Ay, ay, ay. Esta libreta es una maravilla. Todos los ejercicios con fecha, títulos bonitos… excelente. La siguiente es de… Veo un dibujo simple en la primera página, una bandera, azul, rosa, blanco; una cara dibujada que habla en inglés:
‘Hi, I’m ____, and I’m trans! :D’
Me levanto y me acerco a su mesa. Agacho el cuerpo y la voz (que estamos de examen). ¿Prefieres que te llame ____ a partir de ahora? «Sí, mejor…» ¿Pronombre él? «¡Sí!» Súper, pues acuérdate de poner tu nombre en el examen. ____ es muy introvertido. ____ sonríe como no le he visto nunca hacerlo. ____ firma con su nuevo nombre en el examen. Nuevo para mí, claro, no para él, que le ha dado muchas vueltas durante muchas semanas. Poco a poco en la clase irán usando su nombre elegido. Cada vez que lo hagan, sonreirá.
Toca patio. Me hago un café y salgo con mi taza y un par de galletas de chocolate. «Profe, noséquién está con noséquién». ¿Pero no estaba con esaotrapersona? «Pero eso fue hace dos semanas, profe». Jolín, pues menudas prisa. «Pues sí, yo estoy muy bien sin pareja, que soy muy joven y ya tuve un casialgo en verano y no quiero más porque me voy a centrar en estudiar, profe, que quiero aprobarlas todas esta evaluación». ¡Olé! Di que sí, que lo primero es lo primero. «Profe, yo lo dejé con mi novio». Uy, ¿y eso? «Porque sus amigos se rieron de mi mejor amigo por ser gay». ¿Los amigos de tu novio el bisexual? «Ya ves, profe».
Suena el timbre, volvemos dentro del insti, dejo el café, recojo el ordenador y me voy a la clase de Ciclo formativo. Están desarrollando diferentes proyectos de empresas. Hoy están colgando los posters que anuncian sus servicios. Taller de motos, reparación de aparatos tecnológicos, tiendas de barrio, un laboratorio cosmético. Pienso en el resto del alumnado y sus problemas y sus vivencias y sus familias, y lo retrasada que voy con el temario. Una conversación se cuela en mi cabeza.
«¡… claro que se maquillan! Si no lo hicieran, serían bolleras».
«¿Qué dices, tía?»
«¿Qué pasa?, es broma».
«Eso no son bromas, eso aquí no. Puedes hacer sentir mal a mucha gente».
«…»
«No lo hagas más».
«Ya».
Y tan sencillo. La conversación se zanja al momento. El tema no vuelve a salir. «No lo hagas más». «Ya». y sé que ese “ya” es más real y consciente que los “perdona, profe; perdona, profe; perdona, profe”. Me levanto y se me cae algo del bolsillo.
Plac.
El brillo de labios tono rosa nude natural desnudo que uso para maquillarme sin que se note que llevo maquillaje.
«Toma, profe».
Gracias.
Me levanto para ver los posters, han hecho un buen trabajo. Pienso que hace unos días una alumna me contó que se ha echado novia por primera vez; que una pareja de mujeres ha inscrito a su hija en el centro y que nadie ha puesto el grito en el cielo (Dios), aunque ya todo el mundo lo sabe; que los adolescentes que se relacionan desde la masculinidad se abrazan entre ellos de manera genuina y que a mí me sigue sorprendiendo porque no era algo que pasara cuando yo iba al instituto (aunque prácticamente nunca he dejado de ir al instituto); que en clase se dicen que los colores no tienen género; que una gran mayoría sabe distinguir las banderas del colectivo LGTBQ+; que de vez en cuando se responde a los comentarios lgtbfóbicos con un «Qué dices, tía»; que la mayoría del alumnado es migrante y los alumnos que apoyan discursos fascistas se cuestionan si realmente sus amigos son tan malos como les vomitan en las redes sociales; que las situaciones de muches alumnes son más jodidas que cualquier cosa que cualquier adulto haya vivido y, aún así, son capaces de encontrar momentos para sentirse felices y hacerse escuchar. Aún me quedan cinco horas y media para volver a casa. La jornada de la conciliación. Me giro hacia la clase, lo han hecho muy bien.
Qué buen trabajo.
«Gracias, profe».