Tomé notas en una orgía para que tú no tengas que hacerlo
¿Alguna vez pensaste que es posible aburrirse en una orgía?, ¿o que una orgía también tiene un estilo de decoración muy reconocible?
Por preguntas así me encuentro escribiendo esto, sentado en una reunión bator, en un cuarto diminuto, mientras otros hombres gay se masturban y gimen a mi alrededor. Lo raro no es el sexo, sino el ambiente; este encuentro exclusivamente masturbatorio se parece menos a una fantasía de un OnlyFans y más a una pedita improvisada entre amigos y desconocidos que, irónicamente, se conocen demasiado bien.
Llegué al depa de mi amigo hace media hora y ya había cinco personas a punto de eyacular. El cuarto olía a una mezcla entre sudor colectivo, cerveza caliente y aromatizante fino. Le abrí la puerta a un chico guapo que no conocía. Nos saludamos con una cortesía nerviosa. Tenía la mirada tímida; nadie sabe cómo saludar cuando los demás ya están desnudos. Así crucé el umbral de la reunión sexual.
Recordé que las orgías también tienen ciertas reglas de etiqueta implícitas. El saludo entre hombres cachondos varía un chingo: desde un “hey” genérico lanzado al aire hasta uno más íntimo, después de limpiarte del rostro el chorro de semen caliente de alguien que acabas de conocer, seguido de un “¿cómo dijiste que te llamabas?” y una sonrisa chueca.
Donde esperarías encontrar sabritones de queso y chelas infinitas, hay fruta picada —afrodisíaca, según— y porritos a medio consumir. También hay poppers, papel de baño y toallitas húmedas para limpiarse, y botes de Albolene, un desmaquillante apropiado como el lubricante de confianza en la comunidad bator. Todo bajo una luz rojiza de antro barato y videos en bucle de weyes gimiendo mientras se la jalan, para que no se pierda la inspiración.
Me sirvo una de las cervezas que traje y dejo el resto de mis cosas donde no estorben. Busco un huequito para “reposarlas” y observar primero —luchando contra la tentación de sentarme en la verga de alguien, claro—, porque #BatorOnly, o sea, no hay penetración. ¿Quién lo diría? A mis treinta, los espacios de encuentro son uno de los pocos lugares donde hago amigos.
Cuando entro en confianza, acepto darle un buen toque al churro de marihuana comunitario. No suelo fumar cuando escribo, pero tampoco suelo escribir en orgías. Dejo el celular. Ya tomé suficientes notas. Me toca participar.
Cinco doritos después…
Acabo de descubrir que sí existen los vampiros succionadores de semen; ¡no son un mito! El chico serio y bien vestido que llegó después de mí —el que parecía tímido— , resultó ser un succionador insaciable de leche de hombre. Ya hizo venir a varios, uno tras otro, recolectando los fluidos en su pecho a manera de tributo. Wey, qué fuerte.
Me está ganando la risa. Que oso, Hago malabares para no reírme de mis propias pendejadas en voz alta. Le acabo de mandar a mis amigos fotos de detalle del lugar —sin cuerpos, para no ser cancelado— y se alarmaron. Creo que las tomé tan movidas que el depa parece un lugar de mala muerte: penumbra y paredes bañadas de poca luz, de callejón mal iluminado. Nada que ver con lo que realmente está pasando aquí, en la Juárez.
Hay un wey con un pitote en forma de búmeran que no parece desocuparse. Hay otro que se parece a una versión noventera de Hércules de Disney cuando es bebé. Me doy cuenta de que no le he preguntado el nombre a nadie, pero sigo aquí anotando mis hallazgos. Qué risa. También caigo en cuenta de que, así como existen arquetipos dentro de la cultura LGBTQ+ (el twink, el chacal, la musculoca sin lugar, etc.), en estos espacios aparecen otras variantes evolutivas; tribus nacidas del deseo más privado. Como en la zona profunda del océano, criaturas extravagantes conviven aquí. Empiezo a sospechar que los vampiros de semen son la evolución natural de los twinks power bottom: treintones, corpulentos, con mayor sed de verga y un largo currículum.
Siempre que uno entra a estos encuentros aparecen las mismas preguntas: quién asistirá, si es un lugar seguro, si habrá compatibilidad con otros, cómo opera el consentimiento, etc. Al final suele ser mucho más simple. Es una reunión muy diversa de gente caliente, con inseguridades como cualquiera. El factor sexo marca el tono, sí, pero lo transgresor es lo más cotidiano: estar completamente desnudos. Sin ropa, los prejuicios se aflojan y, aunque sea por un rato, también el peso de las reglas sociales.
Reparten poppers para los invitados que quedamos. A lo lejos alguien menciona que está intentando dejarlos —como si se tratara de la AA—. Ojalá lo logre. ¡Salud! Dejo el celular de nuevo.
Siempre aparecen los que se hacen amigos fumando en el balcón y los que, sin mucha explicación, terminan abrazándose de a tres después de haberse compartido los cuerpos. Hay una complicidad silenciosa que transforma estos encuentros caseros en algo más que sexo; una coreografía de atención y cuidado colectivo.
Ya se fueron algunos, y a lo lejos escucho a alguien terminar mientras escribo. Me estoy perdiendo las venidas. Pienso que el mundo sería un lugar más habitable si pudiéramos saludarnos con esta misma soltura, incluso cuando no nos conozcamos de nombre.
Ahí viene. El vampiro de semen ya llegó hasta mí. Viene por su colecta. Fuck. Y yo, que no suelo venirme hasta el final porque me aburro, no tengo escapatoria. Su presencia es ineludible con su torso brillante, barnizado de capas de fluido fresco. A los pocos minutos me cobra el diezmo seminal y lo coloca junto al resto, batiéndolo en su pecho peludo. Y pensar que cuando llegó se veía tan modosito.
Durante la recuperación post-orgasmo me quedo pensando en la estética del lugar y descubro que me fascina no por lo erótico, sino por lo funcional: todo aquí parece dispuesto para sumarle algo a la experiencia, no para exagerarla. Fantaseo entonces con una pieza de arte contemporáneo: una tienda IKEA del placer sexual, con cuartos ya montados según el tipo de reunión; sillones cubiertos por sábanas, una mesita para los poppers —amarilla o blanca—, un catálogo de luces de colores LED baratas, etc.
Dejo el celular otra vez. Qué risa me da la sensación de estar redactando un artículo dentro de una orgía, in fraganti. Intento que no se me note la payasa, tratando de mantener la etiqueta. Me pregunto en qué momento se me cayó, o si nunca la traje puesta.
Dijeron que íbamos a ser nueve en total, pero terminó llegando más gente. Fue estimulante para mi mente dispersa, como si cada cuerpo trajera consigo entretenimiento distinto. Entonces aparece un chico muy guapo —el chacal, dirían— con un aro enorme de metal colgándole de los huevos. Todos volteamos a verlo con una mezcla de morbo y expectativa, como cuando en la despedida de soltera entra el stripper y la conversación se suspende por unos gritos descontrolados de emoción.
Después de atender a todos con su talento y pitote, saca un porro potentísimo —a la verga— . No sé qué tenía la mota, pero me pegó durísimo. Empezamos a platicar y comparar nuestros aros de metal; se vuelve una excusa mínima para conocernos. Su ball stretcher está enorme y pesadísimo, qué hot. Descubro a alguien de mi tribu, con mayor experiencia que yo, y siento algo parecido a encontrar a un par; me siento poderoso.
Por estar escribiendo me pierdo un par de venidas más. Termino refugiándome en el baño, como quien sale un momento de la fiesta para tomar aire. Tener TDAH aquí es extraño; todo compite por mi atención, pero, por una vez, eso no me dispersa. No puedo parar de escribir, y, aun así, siento que pertenezco.
Algunos ya se van y comienzan a despedirse entre besos y abrazos. Se visten otra vez de hombres y dejan atrás el cuerpo animal en los rastros del sudor. Frente al espejo se acomodan el cabello y salen rumbo a sus posadas familiares de fin de año. Aquí no pasó nada. Todo en orden.
Ya somos menos. Llegó el chico que me gusta; cuerpo hegemónico, tipo modelo de lencería. Varias manos lo rodean de inmediato, las mías no. No hay prisa. Entre nosotros queda una promesa pendiente. En este grupo lo respetan mucho. Dicen que hace venir a cualquiera, como si encabezara una tabla de puntuación. A mí no me ha hecho venir —y lo sabe—. Pero yo a él sí. ¿Eso me da puntos? Ni idea. Nos miramos entre los huecos que dejan los cuerpos que lo agasajan. Nos deseamos.
Quizá estos espacios del mundo gay también funcionan como un mercado de afinidades, no sólo de cuerpos compatibles. Este chico, que uno pensaría que sólo se junta con otros como él, muestra interés en alguien como yo; neurodivergente, artista, ¿cuir? Intento nombrarme, pero importa poco. Aquí las etiquetas pesan menos… o quizá sólo estoy pacheco.
¿Será algo así como en la peli mexicana Amar te duele, esa historia romántica dosmilera —hoy en día super cancelable— donde el deseo cruza mundos aparentemente incompatibles? Me doy cuenta de que no soy Renata, la rica, sino Ulises, el que se enamora desde abajo, como si crecer también fuera aceptar que, en la vida adulta, casi nunca eres lo que quieres. ¿O seré Cenicienta y él el príncipe, con las hermanastras feas compitiendo por él?
Sea Renata, Cenicienta, Romeo y Julieta, o sólo el reflejo de una autoestima distorsionada por el capitalismo feroz, hay deseo y algo más: una posibilidad de encuentro, aunque sea efímera. Afuera se nos ordena por categorías, pero aquí la calentura y la necesidad de pertenecer nos une.
Termino tomándome las últimas Victorias ya calientes. Ya sólo quedamos el anfitrión, él y yo; el chacal contemporáneo y los demás se fueron sin que me diera cuenta. Suena Total Eclipse of the Heart. El soundtrack no oficial de esta noche. Nadie la apaga.
Entre besos y caricias entramos en una intimidad más contenida. Mi amigo, el dueño de la casa, mira porno en silencio desde la esquina de la cama. El tiempo se desacelera de golpe. Por un momento siento un déjà vu extraño, como si ya lo recordara de una relación panista, monógama y de muchos años que nunca tuvimos.
Tomo como buen presagio verlo retorcerse con la misma intensidad que yo cuando terminamos al mismo tiempo, pero la sensación se esfuma rápidamente. El orgasmo me regresa de golpe a la realidad. Todo huele a sudor y a popper. Miro el reloj. Ya es tarde.
Me visto rápido. Pido un Uber en chinga. Me despido super equis de quien minutos atrás fue mi novio y bajo los tres pisos con la sensación de que algo ya cambió. No sé si la magia sigue ahí o si dejé atrás mi zapatilla de cristal, pero prefiero no quedarme a averiguarlo.
No sé si uno puede aburrirse en una orgía. Tampoco sé si ese era el punto. Pero entendí que no todo ahí gira en torno al sexo; a veces también se trata de lo que pasa entre venida y venida.
Llego a casa pacheco y cansado después de pasar al 7Eleven. Mando la dieta keto al carajo. Me río solo viendo los mensajes que envié mientras seco en el horno eléctrico un cigarro mojado. No sé si esto fue pura calentura o una forma íntima de hacer nuevos amigos. No encontré el amor ni entendí nada del todo, pero, por una vez, no pasé la noche solo con mi propio ruido mental. Apago el celular. Me limpio las manos grasosas. Sigo comiendo mi pizza con nachos y M&M’s.